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  • Foto del escritorCámara rota

Caen rosas



Por David Crauley


Te lo aseguro: he visto un ángel, y ahora no sé si fiarme. Te lo garantizo: me gustaría darle las espaldas y salir corriendo por la calle de los tranvías amarillos. Y, sin embargo, enciendo otro cigarrillo, me abro un estigma en cada mano, me acomodo en esta pecera de rosas, sangro por fuera y lloro por dentro y miro la hora y pienso que algo extraño ha sucedido en el piso de arriba y que la ciudad entera ha desaparecido y que me he quedado solo, absolutamente solo. Y, sin embargo, no dejo de escuchar su voz. Después un silencio, un trago de cerveza. Y, de nuevo, su voz donde antes hubo una ciudad y una historia anónima, que es millones de veces la misma hora en un andén de una estación aguardando un tren que nunca llegará, porque es una historia que no tiene un final… ni siquiera un mal final.


Simplemente sucederá, me digo, mientras ella decide averiguar si guardo un as bajo la manga. Como si el amor fuera algo que se pacta formalmente sentados en un sofá, con una cerveza en las manos y florida musiquilla indie de fondo, deseando echar un polvo, pero negociando la cláusula: “No busco un polvo sin más”.


Simplemente sucederá, le digo, mecánicamente, sin prestarle atención, hipnotizado, intentado que una estatuilla fálica se integre cabalísticamente en la copia barata de un Kandinski colgado en la pared de enfrente. Pero no logro que las piezas encajen, y eso me cabrea. Sería mucho más sencillo si fuera una memez postmoderna. Pero no ¡Es un jodido Kandinski! ¿Cómo carajos te follas un Kandiski? ¿Cómo demonios se le ocurrió a Kandinski pintar un cuadro sin un maldito coño o una mera apertura o un simple rincón donde hacerlo? Porque por mucho que lo intente no veo un solo tono, una única superficie, una mera perspectiva donde meterla y hacerlo. Me siento agotado, me siento angustiado, me siento frustrado luchando a solas con un falo y 12 dimensiones coloridas en apenas dos posibilidades. Finalmente, me doy por vencido y me largo de allí airado, maldiciendo a gritos al jodido Kandinski.


Abrazo la fría tumba cromática y geométricamente exacta y pueril de la ciudad. Y, por alguna razón, me viene a la memoria que mamá siempre decía que la vida era como una caja de bombones: hijo, siempre habrá quien quiera robarte los que te han tocado a ti.


Mamá decía muchas cosas, nuevas y viejas y casi mágicas y, a veces, triangulares y con sabor a óxido de una ciudad del futuro que acababa de ser eliminada de la historia, cuando no se había atiborrado, en la cocina, con antidepresivos y vino barato, con la cara pegada a la pantalla de un aparato defectuoso que intercalaba secuencias grises con otras en colores absolutamente imposibles, casi psicodélicos. Muy apropiados para las crónicas de delitos, si eras de carácter frío y, además, estabas convencido de que el mundo sano, redondo, honesto y decente era un circo muy aburrido. El moderno espectáculo catódico-lisérgico colectivo de sus males te hacía sentir menos culpable por no sentir nada de nada; ni dentro ni afuera, ni arriba ni abajo…


Nada de nada, mientras cúmulos de pétalos de rosa pálidos caen sobre los cuerpos rotos, doloridos, oxidados como electrodomésticos huecos abandonados en una playa. Y, justo a las cinco y diecisiete de la tarde, un niño, agarrado a la picha de otro niño, me dice: ¿Lo ves, tío? ¡Nada de nada! La fórmula precisa de la lucidez; el acto de heroísmo de un semidiós; el último sueño en el tren sónico de la vigilia perene. ¿Lo ves? ¡Nada de nada! Y pienso en huir de su lado, pero basta un pedacito de nada en el corazón para que te quedes atascado en algún vórtice incomprensible, sin entrada conocida ni fecha de salida establecida. Y te quedas hipnotizado con esa pequeña nada preguntándote: ¿Por qué nada? ¿Hasta cuándo nada? ¿Para qué nada?, teniendo ella dos ojos ebrios en un espectacular naufragio verde y una melena de color fuego órfico y aquellos vellos, tan largos, en la entrepierna, enroscándose en torno al ano y más allá.


A través de universos cálidos y dorados, sobre estrellas ilícitas censuradas por los doctores y en torno a las sienes castigadas de Cristo. Sentado a esta hora, bajo los focos de color vainilla y cielo epiléptico, en el centro del plató como una perfecta estrella de plastilina más, recién moldeada por hípsters cocainómanos, intentando ser un tío majo, un tío que sabe de lo que habla, un tío comprometido, un tío que ha vendido sin perder un solo quilo de humildad. Incluso con ese traje tan caro a juego con las trompetas de los ángeles del Juicio y con los colores, extravagantes e intensos, del purgatorio y con los aplausos de los condenados y con los coros de los mártires.


Y hasta con los excrementos protoplasmáticos de un par de yonquis que, justo al otro lado de la ciudad, han decido hacer algo al respecto. Ahora son como dos bailarines dando pasos exóticos sobre sus huesos. Ahora sonríen como arlequines embriagados con ambrosía. Ahora huelen a napalm redentor. Y se dispersan como todas esas rosas caídas del cielo sobre las tumbas de los niños nonatos, disciplinados como ciervos tiernos, que ya han planeado llegar a los felices ochenta años sin emplear sus dulces cabecitas una sola vez, siempre en fila, a la diestra de los sacerdotes de la diosa Mass Media que no comprende por qué caen rosas del cielo, justo ahora, en la hierogamia del capitalismo con la libertad en un burdel de lujo de la ciudad.


Y, sin embargo, caen y caen rosas malgastadas con frivolidad en romances baratos, amontonadas, como ángeles desmayados en las aceras con todos los olores del cielo aún en sus alas sin mácula, extraviándose en los callejones, mientras cruzo la calle con los ojos ebrios de fantasías inconfesables y todas las profecías negras de mi parte. Y Adolf Hitler me guiña un ojo y vocifera: ¡Por el hombre que vendrá! ¡Créeme, tío! ¡Vendrá! Y Giordano Bruno se lamenta porque hay gusanos de madera santificada, en llamas, moviéndose bajo su piel y, además, no es capaz de recordar absolutamente nada; ni una sola frase, ni una sola plegaria, ni tan siquiera su último suspiro.


Afortunadamente empieza a llover. Pero no es lluvia, es la enfermedad del cielo. Una corrida sifilítica de Brahma o de Anu o de Ormuz, pero no me importa. Me detengo y echo la cabeza hacia atrás. Dejo que aquella aspersión resentida me empape el rostro, mientras mis ojos se pierden en la panza mefítica de todas aquellas nubes grises, orondas e insalubres. Como si fueran los perfiles de ogras preñadas de horrores quirúrgicos botoxidados, sólo catalogados en la prensa del corazón, que se abatirán al unísono sobre la humanidad durante los próximos mil años.


Y, honestamente, no sé si aguantaré tanto tiempo, aguardando en la cola del supermercado por un mero pack de cerveza y dos cebollas, con Adolf Hitler y Bruno y Lady Bathory y Dunsany y Gilles de Rais y César Borgia y el dúo Pimpinela cruzando sus voces, como insectos eléctricos en un laberinto de luces estroboscópicas, en el único espacio de este universo no conquistado por los agentes de seguros y los amantes de los gatos y los vendedores de máquinas expendedoras: ¡Mi mente!


Un lugar donde las brújulas no funcionan y, entrar en una de sus habitaciones, es salir una noche entera en la compañía de un payaso mal maquillado, que apesta a coñac, y que sólo te cuenta como ahora ha decidido cambiar de oficio y dedicarse a hacer magia. Magia de verdad; con chisteras y conejos y zanahorias que desaparecen en los orificios de los conejos. Porque ya va siendo hora de que los niños aprendan que, allá afuera, hay media docena de trileros reputados que van a extraer montones de zanahorias de sus pequeños orificios sin que les importe un bledo que ni siquiera sean conejos.


¡Sí! ¡Jodidos cabrones! ¡Ahora voy a hacer magia de verdad! Porque caen rosa del cielo, a medianoche, en una ciudad donde ya nada es real y todos mienten si les preguntas la hora. Creo que todos hemos muerto mucho tiempo atrás. Creo que no funciona ningún reloj. ¡Pero todos mienten! ¡Mejor no preguntes!




TWITTER: @DCrauley

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