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  • Foto del escritorCámara rota

Club de jazz Dani




Por Guillermo Martínez Collado


En cuanto lo oí hablar supe que lo acabaría matando. Fue la primera vez que me pasó algo así, no recuerdo haber tenido ese tipo de pensamientos antes. Es decir, claro que alguna vez he hecho el típico comentario, a lo mejor viendo un partido de fútbol o con una noticia del telediario. Pero no es algo que pensara hacer en realidad, simplemente era un chascarrillo.


Yo trabajo en la cafetería Pétalo’s que hay en Cimadevilla, que es la primera de todas las que hay en la ciudad. Después abrieron las demás, como si fuera una franquicia. La verdad es que el dueño, un tal Toni, se lo está montando de lujo, y yo me alegro. Es un poco reservado y todo eso, pero es buen jefe. Se pasa por el negocio de vez en cuando, y como la cosa va, no se mete en la manera que tenemos de funcionar.


La peculiar estética de la cafetería repercute en el uniforme que nos obligan a llevar. El Pétalo’s está decorado al estilo sixtie. El suelo parece un tablero de ajedrez. La barra, las mesas y los taburetes son de color rojo. En la esquina, una gramola que imita a antigua reproduce música de los grandes del rock. Así que a nosotros nos surten de ropa adecuada. Todos los meses me dan un par de camisas de la marca Candow Look rollo rockabilly o jugador de bolos. Si voy a cortarme el pelo en Peluquería Tornado, el dueño de Pétalo’s paga la factura. Así me acostumbré a llevar este tupé.


El caso es que ya llevaba unos meses trabajando por aquí y estaba bastante integrado, me sentía implicado en el negocio. Incluso hacía labores que no me correspondían. Por ejemplo, revisaba todos los pedidos. Antes de irme comprobaba que las neveras estuvieran bien rellenas. Limpiaba los filtros de la máquina para que el café no supiera demasiado amargo. También revisaba las botellas que guardábamos en el almacén para asegurarme de que no nos quedáramos sin algún producto. Sentía que la cosa funcionaba, y quería que siguiera así.


De vez en cuando, si me tocaba cerrar y estaba contento, echaba un trago. Durante un tiempo solamente bebía cerveza. Alguna marca que se vendiera mucho y no diera el cante, Mahou por ejemplo. Un par a lo mejor. Ponía algo de música en la gramola, porque de repente me empezó a gustar aquella gente, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Elvis Presley, etcétera. Luego directo a casa con Marta.


Tiempo después empecé a echar unos tragos también cuando acababa mi jornada laboral. Me juntaba con otros tipos, camareros como yo que trabajaban en bares de la zona. Gente dura, con el carácter forjado a base de echar horas currando y con unas ojeras de kilómetros. Bebían toda clase de licores, como bourbon, whisky, chupitos de hierbas…lo que hiciera falta.


Como yo hacía el turno de tarde, no tenía ningún problema en alargar la velada. Podía estirar con los chicos hasta que iban al Club de Jazz Dani, que es el que cierra más tarde por aquí. Poca luz, música suave y la clase de compañía femenina que no quieres. A esas horas normalmente ya ni hablábamos. Nos limitábamos a beber en silencio, rematando lo que fuera que nos atormentaba. Entonces yo podía al menos dormir la mañana e ir a trabajar en forma. Me pegaba una ducha, tomaba el café que Marta dejaba en el termo y calentaba en el microondas lo que hubiera preparado para comer.


En aquella época ella trabajaba limpiando en el club de golf, así que si yo estiraba la juerga no nos veíamos mucho. Marta entraba temprano a hacer lo que tenía que hacer una trabajadora allí. Fueron buenos tiempos. En casa entraban dos sueldos, y aunque yo tenía que mandar algo a mi ex y a los chicos, vivíamos holgados.


Nuestros días de descanso no coincidían, pero si yo no trabajaba, íbamos de tarde a dar un paseo a la orilla del mar y a tomar un helado, ese tipo de cosas sencillas que a ella le gustaba hacer. Pasar tiempo juntos, solía decir. Aunque al final empecé a quedar con los chicos también los días libres. Una vez fuimos al casino y estuvimos jugando a la ruleta, como en las películas. Al poco de comenzar había ganado unos cientos. Pensé en comprarle un vestido, para compensarla, pero al final acabé perdiéndolo todo. No puedo decir que no fuera divertido.


El caso es que, como dije, empezó a parar por el Pétalo’s un tipejo. Al principio simplemente no me gustó. Su aspecto altivo, esa prepotencia con la que trataba a los demás, es algo que no soportaba. Vestía unos pantalones chinos y unos náuticos, polo de esos escoceses y jersey al cuello. Iba a primera hora de la tarde y leía la prensa mientras comentaba las noticias en voz alta. Y siempre era basura clasista. Que si los extranjeros esto, que si los maricones lo otro…Pero cuando me enteré que era cliente del club de golf, algo en mi se alteró.


Siempre pedía un café descafeinado. Por lo visto había tenido sus problemas de corazón y no podía tomar estimulantes de ningún tipo. Cuando le llevaba el café me pedía la sacarina, y cuando se la llevaba me pedía un vaso de agua. Estaba deseando que le dieran una lección.


Fue entonces, un día sin nada especial, cuando empecé a llevarle el café normal. Le decía que era descafeinado y él se lo tomaba. Incluso llegué a rellenar sobrecitos de sacarina con azúcar y cerrarlos perfectamente con un pegamento especial. Los llevaba en el bolsillo de la camisa y se los ponía solamente a él. Después empecé a elaborar mi propio veneno. Machacaba unas semillas de cicuta, les agregaba agua y las dejaba reposar. Vertía el líquido o en un pequeño frasco con pulverizador que aparentaba ser una colonia. Todo esto lo preparaba en la habitación donde Marta guardaba su ropa y sus cosas de pintura. Como se quedó vacía, puse una mesa con una lámpara y ahí me dedicaba a esas historias.


Dicen que a ella le va muy bien con el tipo ese con el que se largó. Yo no lo conozco, solo sé que también era cliente del club de golf. Cuando se fue me dejó una nota. Decía algo de que había desaparecido de su vida poco a poco y de la bebida y no sé, la verdad es que ni siquiera la acabé de leer. Que quieres que te diga, cuando algo se acaba, pues se acaba, no merece la pena regodearse con los motivos.


El caso es que poco después de empezar con el método de eliminación, el cliente acabó palmando de un infarto, cosa de la cual me alegro. Yo sé que fueron los cafés especiales que le preparaba, aunque no se lo diré a nadie. Sentí una especie de subidón de adrenalina, no sé muy bien como explicarlo. Esa noche me fui con los demás camareros y bebí más que nunca, acabamos en el Club de jazz Dani y me fui el último para casa. Solo que cuando me desperté no había café en el termo, ni comida para calentar en el microondas.


Hoy ha sido un día normal en la cafetería, poca gente. Vinieron unas señoras mayores a merendar, tuvimos que hacerles unas tortitas y unos batidos de chocolate con nata casera que montamos usando unas varillas manuales. Mezclamos nata líquida, mucho azúcar y extracto de vainilla. El resultado es auténtica ambrosía. Si le echas un golpe de coñac sobre todo.


También estaban unos tipos viendo el partido de fútbol. Jugaba el equipo de la ciudad, que tenía opciones de clasificarse para la fase de ascenso. Tuvieron que esperar un poco para ser atendidos, porque toda la historia esa de la nata lleva su tiempo. Uno de ellos se quejó de una forma que no me gustó nada. Nos trató como si fuéramos esclavos en vez de camareros. Cuando les pedí disculpas me fijé en que lucían los polos del club de golf. Les pregunté si eran socios.


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