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Tragos

  • Foto del escritor: Nicolás Jaula
    Nicolás Jaula
  • 29 may
  • 2 min de lectura

Por: Nico Jaula


Estaba sentado frente a la barra en una silla alta de asiento circular; ante él, una botella de mezcal de cristal opaco. La gente entraba y salía, bebiendo y conversando, pero él permanecía solo, perdiendo la mirada en los detalles de la decoración; no les prestaba atención, pero le ayudaban a pasar el tiempo.


Se había plantado en ese bar con una única motivación: perdonarse después de cada trago.


Por aquella vez que se burló de una compañerita de la escuela que erró en un ejercicio de matemáticas frente al pizarrón; cuando tomó una cartera del piso de un restaurante sin detenerse a buscar a su dueño; por la vez que condujo borracho después de una fiesta, con el auto lleno de amigos; por todas las veces que mintió a sus padres, argumentando necesitar material escolar para obtener dinero; y por esa relación amorosa que no tuvo el valor de terminar a tiempo, pese a estar conciente del daño que generaba.


Cada sorbo viajaba de los labios al estómago con una pesadez que no provenía del sabor ni de la naturaleza corrosiva del alcohol. La vista se nublaba. La silla se movía. Los ruidos se superponían: la música, el coro improvisado y desafinado que surgía de las mesas y el tintineo de los vasos en la cocina.


Despertó en su cama mientras un rayo de sol se filtraba por la ventana y comenzaba a quemarle la cara. En otro momento, el dolor de cabeza, el olor a cigarro ajeno y el sabor a alcohol mezclado con jugos gástricos le habrían provocado culpa; esta vez no. Esta vez sonrió, disfrutando de la certeza de que una nueva mañana estaba comenzando.





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