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Tenis mojados

  • Foto del escritor: Nicolás Jaula
    Nicolás Jaula
  • 12 may
  • 1 min de lectura

Por: Nico Jaula


La lluvia se había presentado abruptamente, pintando el cielo de gris azulado e iniciando su potente sinfonía en el, hasta hace poco, ardiente asfalto. El agua comenzó a estancarse al borde de las banquetas rotas y en los baches propagados aleatoriamente por el concreto, como si de un virus o bacteria se tratara.


Sobre los charcos caían gotas de distintas dimensiones, generando, a su propio ritmo, círculos que nacían del interior de otro círculo, de forma casi interminable.


La gente corre con la cabeza metida entre los hombros, bailando al son de la tormenta y brincando charcos como si de un campo minado se tratara, apurando el paso hacia su arruinado destino.


La bruma comienza a limitar la vista y el frío penetra violentamente en los huesos, añadiendo más desgracia a la escena.


Una columna de pequeñas gotas cae sobre mi cabeza, golpeando constantemente el mismo punto, pero dispersándose hasta caer por distintas partes de mi frente, cuello y mejillas. Estoy parado, estático, resguardándome bajo el pequeño alero de una casa, como si la lluvia, colándose por todas partes, acechara mis partes secas.


Pienso en mi casa —segura, cálida y que ahora se siente muy lejana— mientras comienzo a sentir cómo el agua ha penetrado las distintas capas de mis tenis, llegando a las calcetas y finalmente a mis pies, provocando el trágico final que había tratado de posponer.




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