• Nicolás Jaula

Domingo


Despierto junto con los ladridos del perro y el sonido del altavoz que anuncia la llegada del señor que compra fierro viejo. Analizo mi situación: estoy sumamente cansada, fastidiada y ansiosa por no poder dormir bien la noche anterior. Me recuesto de lado, apoyando la mejilla en la parte fresca de la almohada y comienzo a revisar las redes sociales en mi celular, con un único ojo abierto. No hay nada interesante, descubro después de revisar cada cuenta unas diez veces. Al terminar, salgo de la cama y de la habitación, dispuesta a desayunar. 


Como lo primero que encuentro, sin distinguir los sabores y pasando por alto que una parte de mi desayuno no se calentó por completo en el microondas. Regreso a mi cueva, con la intención de ver algunos vídeos en youtube: empiezo con algo gracioso y termino con teorías de la conspiración en canales casi desconocidos. 


Transcurrida más de una hora, opto por ver una película. Me pierdo en el catálogo sin encontrar algo de mi agrado. Cuando por fin le doy play a mi elección, mis ojos comienzan a cerrarse hasta que ya no aguanto más. Despierto horas después y noto que ha empezado a oscurecer (o ¿dormí tanto que ya es la mañana del día siguiente?). No, son casi las 6 pm apenas. Vuelvo a perder el tiempo en redes sociales, contestando algunos mensajes de whatsapp, viendo vídeos y escuchando una que otra canción hasta que es hora de comer/cenar. Después de eso, mientras espero que me aborde el sueño, me pongo a pensar si el domingo que dios ocupó para descansar después de crear en universo estuvo tan de hueva como el mío.

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