Donde habitan las sombras
- Mónica Mondragón

- 13 ago
- 3 min de lectura

Por: Mónica Mondragón
Siempre he desconfiado de la noche.
Hay en ella algo que no pertenece enteramente a este mundo. Cuando el último resplandor abandona las ventanas y la casa queda suspendida en ese silencio profundo que precede al sueño, puedo sentirlas regresar. Primero como manchas en las esquinas; después, como figuras inmóviles detrás de las puertas; finalmente, como presencias que parecen respirar al mismo ritmo que mi propio corazón.
Durante mucho tiempo creí que venían por mí.
¿Quién no teme a las sombras cuando ha aprendido a reconocer en ellas el rostro de sus propios pensamientos?
Hay noches, sin embargo, en las que la oscuridad se vuelve demasiado extensa para ser simplemente ausencia de luz. Se derrama por los corredores, sube lentamente por las paredes y se instala en el pecho con el peso de una mano invisible. Es entonces cuando los recuerdos despiertan.
Aquellos que creíamos enterrados.
Aquellos nombres que juramos no pronunciar.
Aquellas pérdidas que durante el día conseguimos ocultar bajo la costumbre de vivir.
Todo regresa de noche.
Y nosotros, débiles criaturas acostumbradas al engaño de la luz, confundimos su regreso con una amenaza.
Yo también lo hice.
Hubo un tiempo en que habría dado cualquier cosa por escapar de mis propias tinieblas. Creía que la salvación consistía en mantenerlas lejos, en cerrar las puertas, en llenar cada habitación de luz para no tener que contemplar aquello que se movía detrás de mis ojos.
Pero la oscuridad no siempre viene a perseguirnos.
A veces viene a encontrarnos.
Y existe una diferencia terrible entre ambas cosas.
Porque algunas sombras no tienen dientes.
No extienden sus manos para arrastrarnos hacia el abismo.
No desean nuestra muerte.
Sólo esperan.
Esperan a que dejemos de correr.
Fue entonces cuando descubrí algo que aún me cuesta confesar sin sentir un escalofrío:
hay sombras que no vienen a devorarnos, sino a recordarnos que también la oscuridad sabe contemplar la belleza.
Desde entonces he comenzado a mirar de otra manera.
He visto flores morir bajo la lluvia y he encontrado en sus pétalos marchitos una belleza que jamás había visto en su juventud. He observado la luna suspendida sobre los tejados como un ojo enfermo y plateado, y he comprendido que incluso aquello que parece distante y solitario puede iluminar las ruinas.
He visto una vela consumirse hasta convertirse en un pequeño charco de cera y he pensado que quizá vivir sea, en cierta forma, arder lentamente mientras intentamos conservar un poco de luz.
También nosotros nos consumimos.
También nosotros perdemos partes de nosotros mismos.
Hay épocas en las que la vida parece una casa abandonada: las habitaciones siguen allí, pero quienes las habitaban han desaparecido. Caminamos por ellas tocando muebles cubiertos de polvo, fotografías sin rostro, objetos que alguna vez tuvieron significado.
Y nos preguntamos:
¿Quién era yo antes de esta noche?
Quizá esa sea una de las preguntas que sólo la oscuridad se atreve a hacernos.
Porque la luz nos muestra aquello que somos capaces de enseñar.
La oscuridad, en cambio, nos muestra aquello que somos incapaces de esconder.
Nuestras ruinas.
Nuestros temores.
Nuestra fragilidad.
Pero también aquello que sobrevive.
Porque hay algo profundamente misterioso en descubrir que, después de haberlo perdido casi todo, todavía somos capaces de sentir.
Todavía podemos amar.
Todavía podemos contemplar la luna.
Todavía podemos estremecernos ante una flor.
Todavía podemos esperar.
Y acaso sea esa nuestra forma más silenciosa de resistencia.
No toda noche es una sentencia.
No todo abismo reclama nuestra caída.
Algunos abismos sólo nos obligan a mirar hacia abajo para descubrir cuánto hemos sobrevivido.
Por eso, cuando la oscuridad vuelva a descender sobre mi casa —y sé que volverá—, quizá no cierre las ventanas.
Quizá deje que entre.
Dejaré que la luna encuentre las habitaciones vacías. Dejaré que las sombras se sienten a mi lado y que los fantasmas pronuncien sus nombres.
No les pediré que se marchen.
Después de todo, ya no les temo como antes.
Porque he aprendido que algunas noches no vienen a enterrarnos.
Algunas vienen a mostrarnos, entre sus manos negras y silenciosas, aquello que la luz jamás pudo enseñarnos:
que incluso después de la pérdida,
incluso después del miedo,
incluso después de nosotros mismos,
algo permanece.
Algo pequeño.
Algo frágil.
Algo obstinadamente vivo.
Y quizá sea suficiente.
Quizá una sola chispa baste para atravesar toda una eternidad de sombras.




Comentarios