• Cámara rota

El calamar y la cultura de masas





Por Héctor Báez


Primero aclaro un término que usaré: Dialéctica. Lo expongo de la forma más llana: un proceso que surge a partir de la contradicción. Elementos se oponen, primero uno se muestra como esencial y el otro como algo dependiente, en un momento posterior se invierten los papeles. Después ambas partes se reconocen como dependientes, existentes sólo en su intercambio, y abren paso a una nueva unidad. Al final ésta es una ‘Unidad desgarrada’ que reconoce todos sus elementos y todo el proceso de contradicción como su base, como lo que es, y esta unidad queda abierta a un nuevo proceso.

Todo esto lo aclaro porque en la cultura de masas hay una contradicción que posibilita un proceso dialéctico. Primero, el propio capitalismo encierra la contradicción de que toda su capacidad tecnológica, su fuerza de producir, ha sido utilizada para aumentar la ganancia de los poderosos mientras disminuye el valor del trabajo del obrero, el cual es sometido a vigilancia tecnológica en sus horarios, resultados, comportamiento… El capitalismo encierra las fuerzas para liberar al hombre de la explotación, pero las usa para someterlo aún más a ella. Esta situación se refleja en la industria cultural y sobre todo en sus grandes creaciones de la cultura de masas –películas, series y demás que tienen un alcance global sin precedentes en la historia–.

La cultura de masas tienen la posibilidad de llevar diversión, consciencia, incluso ánimo de protesta a todo el mundo, y ha provocado que la gente tenga una educación estética un poco más desarrollada al exponerla a un catálogo amplio de géneros y estilos. El público ya es más versado y puede clasificar los productos de la cultura de masas en animación, romance, documental, es capaz de distinguir características de varios géneros y compartir su opinión sobre la calidad, separando incluso lo que busca ser mera diversión de lo que intenta ser ‘algo más’. Cada persona ya es una especie de crítico más o menos introducido al tema, y con las redes sociales se abre la opción de exponer críticas y reseñas y recibir retro alimentación. Sin embargo, pese a estas fuerzas liberadoras que le permiten al espectador ser menos pasivo y más creativo, la cultura de masas ha servido como uno de los instrumentos de dominio ideológico del capitalismo más efectivos. Desde la elección del ‘villano’ en las películas de acción –las cuales acaban en repeticiones que distan de ser inocentes– siempre vemos repetido cierto patrón: el malvado ruso, el asiático, árabe, el narco latinoamericano o el nazi. Frente a estos villanos siempre surge el héroe americano, casi siempre un ex-veterano o miembro activo del ejército, héroe de guerra que tal vez desertó por decepción o alguna tragedia, pero siempre recordando que el ejército americano es la fábrica de héroes del mundo. No importa que ciertos países no abracen la política de EU abriendo paso a narcotraficantes o terroristas, siempre habrá algún ex miembro del ejército vagando por ahí, para enfrentar el mal y salvar al inocente. Así se nos condiciona a aceptar que EU y los países que lo admiran tienen un lado bueno y son lo que nos salvará de Asia-Oriente Latinoamérica. Los países peligrosos siempre tienen referencia a Cuba, la URSS, Afganistán… El propio entretenimiento nos condiciona aceptar la narrativa que se repite en las noticias y la política, donde los ‘villanos’ cada vez más se parecen a sus caricaturas de la cultura de masas.

Con estos ejemplos puedo seguir, viendo lo que sucede en el romance, la familia, el suspenso y la infinidad de temas y géneros. Pero ahora quiero enfocarme en un par de casos especiales: las creaciones de la cultura de masas que critican al capitalismo. Desde hace un buen tiempo existen películas y demás que critican la vida cotidiana, pero por la ambigüedad se ha logrado ligarlas siempre a los mismos peligros: URSS, Cuba, Medio Oriente, Asia o la Alemania nazi. Cuando hay un héroe revolucionario se cuida de que su enemigo se enfrente a villanos no occidentales o se abre a la crítica occidental con los nazis, pero siempre recordando que fue debido a EU y quienes lo apoyaron que, como en la guerra contra los nazis, fue gracias a ellos que se evitó que Occidente se asemejara a las dictaduras comunistas o la vida en Latinoamérica… Esta censura a la crítica cuida que siempre se dirija a los mismos villanos y no se asocie con ciertas formas de vida, la crítica a la política o las dictaduras acaba por ser un recordatorio de que todo intento por salir del sistema capitalista lleva inevitablemente a la barbarie, mientras el capitalismo a lo mucho se pinta como ‘un sistema imperfecto, no tan malo, que puede mejorar’. Esto se ve en cómo se neutraliza el efecto más crítico en personajes como V de ‘V de Venganza’, los cuales cuando se dispersaron masivamente y fueron apropiados por la gente, se buscó asimilarlos al héroe americano, al grado de que en México se intentó usar al grupo Anonymous como semilla de resistencia contra ‘la dictadura populista de AMLO´.

Pero con series como El juego del calamar y la película Parásitos, sus creadores dijeron abiertamente que buscaban criticar al sistema capitalista y gracias a las redes sociales lograron que su afirmación se dispersara entre la gente. Una de las reacciones a los comentarios de los creadores es un gran ejemplo de cómo la ideología de la cultura de masas ha permeado en todos nosotros. Columnistas y espectadores se lanzaron a corregir a los creadores, a explicarnos que su trabajo en realidad no critica al capitalismo, sino que es una descripción perfecta del comunismo. Los propios espectadores se han vuelto en policías quienes censuran a los que buscan salirse de la ideología dominante y dar a las personas algo diferente en qué pensar y motivar nuevas formas sobre cómo asimilar las cosas. La posibilidad de que los espectadores sean más activos y puedan interactuar con los creadores y discutir sobre reseñas y contenido ha tenido su uso en convertir a los espectadores en vigilantes del propio sistema. No sólo al corregir que la critica al sistema sólo tiene lugar si es contra el comunismo y sus aliados anti-capitalistas es como operan estos espectadores-policías, sino incluso en la cuestión sentimental, como cuando los fans enfurecen porque la relación amorosa que no era la indicada se cumple, si un personaje deja de ser blanco o modifica su orientación sexual o si la ‘liberación femenina’ se sale de sus series y se introduce en algo ‘ya establecido’. El propio espectador pone límites a la diversidad sexual o a la expresión de sentimientos si éstas no entran a la cultura de masas totalmente subordinadas a lo que es útil para el sistema de producción. La industria cultural aprovecha la posibilidad de que el espectador sea más activo para convertirlo en una extensión del proceso de producción, el espectador que censura es como un inspector de calidad que le hace saber a los productores cómo incorporar las nuevas tendencias sin afectar lo que la cultura de masas ya ha establecido como el canon o medida sobre cómo deben ser las cosas.

Regresando al Calamar, serie que según su creador critica al capitalismo, se ha dado una giro interesante. Pese a que los censores han tratado de corregirnos la plana y decirnos que el villano es el comunismo, las masas populares, el gran público, se ha identificado con la trama y personajes y se los ha apropiado como símbolo en la lucha laboral. Se dio un paro general de obreros y trabajadores informales en Sur-Corea, varios de ellos vestidos como los guardias de la serie El Juego del Calamar y clamando que las condiciones laborales en las que viven son semejantes a los participantes condenados a ‘ganar o morir’ de la serie. Pese a la sobre comercialización que ya sufre y va a sufrir la serie debido a que fue un éxito y a la censura (tanto de espectadores y medios), la gente ha logrado apropiarse de un producto de la cultura de masas para denunciar su situación presente al grado de realizar la crítica de la serie más allá de la pantalla, hicieron que el discurso artístico se hiciera real en la protesta pública.

El incidente del Juego del Calamar donde la gente demostró que puede llevar a lo real la crítica artística nos señala cómo se desarrolla la dialéctica de la industria cultural y la cultura de masas. Muchas veces la crítica a la cultura de masas empuja a un elitismo, a sentir que ‘sólo las grandes obras culturales pueden salvarnos de la vorágine capitalista’ y creer que la cultura comercial o de masas es algo inferior cuyo único fin es la propaganda del sistema. Y sí, lo es, la cultura es un instrumento de dominio, pero si se menosprecia a la masa, al gran público y pensamos que sólo la élite intelectual puede mejorar nuestra cultura, perdemos de vista que es el gran público en su lucha diaria quien tiene la capacidad de desatar las fuerzas liberadoras de la industria cultural y desarrollar la contradicción de la cultura de masas que nos llevaría a una verdadera transformación de nuestra vida intelectual. Si quienes critican o son creadores de la cultura de masas no ven más allá de ésta mero comercio o propaganda y menosprecian la fuerza liberadora del gran público, apropiaciones como la del Juego del Calamar serán más anécdota aislada que realidad y la distancia entre el saber especializado y población en general será cada vez más abismal, dificultando la difusión de un conocimiento liberador que el gran público pueda hacer real en la calle y en sus protestas.



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