• Cámara rota

El cordero





Por Luiz



Para el rumbo de Matehuala, San Luis Potosí, en algún rancho perdido en medio de la nada, fuimos a visitar a un tío abuelo por parte de mamá. Tendría yo unos once años cuando agarramos carretera por varias horas que parecieron eternas y luego de llegar ahí, de recibir abrazos de gente que en mi vida había visto antes diciéndome que cómo había crecido con su respectivo pellizco de cachete, solo recuerdo el golpe de calor seco y descubrí que allá la vida era lo que le seguía a lo monótono para mis estándares infantiles. Me aburrí a mares entre todas sus nopaleras, corrales de piedra y polvosa aridez. No veía la hora de comer y regresarnos a casa, a la civilización.


Mi tío abuelo, un hombre de rancho ya muy mayor, correoso, duro pero de buen corazón se puso contentísimo al ver a toda la familia de fueras que llegó a verlo. En su tosca y simple alegría no encontró otra manera de agasajarnos que ofreciéndonos lo mejor de su mundo: Un cordero asado. Salió al patio y nos dijo a los chiquillos lo siguiéramos. Luego llegó hasta nosotros un muchachito ranchero, menor que yo, jalando con un mecate a un jovencísimo corderito de piel blanca como la nieve y que brincaba retozando alegre pues lo habían sacado a pasear fuera de su corral.


Mi tío abuelo estaba sentado en un banco de madera esperándolo con una tina metálica entre sus pies y un cuchillo. Tomó al cordero y lo acomodó boca abajo sujetándolo fuerte con sus ásperas manos. El filo del cuchillo rasgó el cuello del animalito y un hilo rojo fue llenando la tina mientras yo y mis primos veíamos como se le escapaba la vida entre balidos gorgoreantes al animalito. Balaba y un rocío de gotas rojas salía de su boca. Todos veíamos la escena como hipnotizados, no nos la esperábamos, quizá por eso nos congelamos.


No recuerdo tanto la sangre sino la nula compasión de él mientras nos enseñaba tranquila y mecánicamente como lo desangraba para nuestra cena. Aun sabiendo que yo y mis primos vivíamos en la ciudad y nunca en nuestras vidas haríamos algo así, se esmeró en mostrarnos cómo hacerlo.


Los balidos se fueron apagando y finalmente mi tío se llevó la tina y el cuerpo del cordero para prepararlo. Nos volteó a ver con una sonrisa de satisfacción. No había ninguna malicia en él, solo la más pura y sincera alegría. Su cruda forma de demostrarnos amor.


No recuerdo platillo más exquisito ni estampa más perturbadora de mi infancia.


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