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  • Foto del escritorCámara rota

El crujir de los huesos




Por Eli Adán Díaz


Aún recuerdo cuando escuché ese ruido por primera vez. Veníamos de regreso, montado todo el pelotón en aquel camión. La humedad de la noche no cedía ante nuestros cuerpos. Yo aún estaba perdido dentro de mí, asimilando lo que había pasado, mi cuerpo transpiraba tan frío que me sentía fresco.


—Vean a este pendejo, dijo el sargento señalándome a mí. ¿Pues que pensabas que veníamos a hacer? jajajaja, continuó.


Sus carcajadas hicieron eco en mi cabeza y sentí mucha vergüenza mientras todos me miraban y reían.


Entrada la noche llegamos al cuartel, íbamos descendiendo de la unidad, pero a mí me detuvo mientras todos los demás avanzaban hacia los dormitorios.


—Ya te irás haciendo más hombrecito, eso que viste hoy no es nada. Me dijo esbozando una sonrisa cínica.


Me instalé en mi dormitorio y me preparé para dormir. Pasados algunos minutos, el silencio abrazó todo el dormitorio. Estábamos cansados y el sueño fue cautivando a cada uno de mis compañeros.


Por más que lo deseaba, mis ojos no quisieron cerrarse. En mi mente tenía un sonido particular que se repetía como un bucle al que me mantenía anclado. Mi mente iba y venía con la ola de imágenes que se repetían. Así pase 3 horas o más, quizás menos. Cuando mi compañero Genaro se percató de mi insomnio.


—¿Por qué no te has dormido, güey?, ¿qué no estás cansado? Preguntó.

—Solo estaba pensando, ahorita me duermo.

—Traes unos ojos que pareces tecolote, hasta me espantaste, dijo Genaro, mientras se daba la vuelta y se volvía a envolver en la manta que nos daban para cubrirnos.


Nomás cerrar los ojos me transportaba a aquel momento y la voz del sargento era muy clara.


—Debemos acabar con todos. Se habla de un grupo de guerrilleros que están causando muchos problemas. Recuerden, si no disparan primero, ellos les dispararán.


Yo cargué mi fusil y lo tenía bien agarrado. Era el cuarto en posición para ingresar a ese jacal maloliente donde se escondía el objetivo. En cuanto patearon la puerta, nomás ingresaban uno por uno, comenzaban a disparar. Para cuando era mi turno, los balazos habían cesado. Así que no tuve la necesidad de disparar, cuando entre todo era sangre y polvo.


Conforme el polvo se iba disipando, se podía percibir con mayor facilidad los cuerpos en el suelo. De un montón de cuerpos nacía un río de sangre que terminaba hasta nuestros pies. En la parte de hasta arriba, totalmente perforado, estaba el cuerpo de un hombre.


—A ver, tú, González, mueve a este cabrón. Me gritó el sargento.


Con los dedos engarrotados en el fusil tuve que hacer un esfuerzo por aflojar mis tendones y soltarlo. Lo coloqué a mis espaldas y me apresuré a mover el cuerpo, colocado de forma descompuesta hasta arriba. Lo tiré a un costado del montón y ahí pude darme cuenta que había otros 3.


—A huevo, ya nos chingamos al profesor. Gritó alguien desde la puerta al resto del pelotón que esperaba afuera de la choza.

—Ahora mueve a esa puta. Volvió a gritar el sargento.


Este era un cuerpo muy delgado, era una mujer.


Cuando le solté en el suelo, me percaté que los otros dos cuerpos eran muy pequeños. Uno yacía inmóvil mientras el pecho del otro se movía de manera acelerada.


Pude escuchar los pasos del sargento cuando se acercaba hacia mí.

—Mira, aún está vivo, a ti te va tocar rematarlo. Me ordenó el sargento.


Mi cuerpo se enfrió y una sensación de inmovilidad invadió cada parte de mí.


El sargento volvió a gritar que me apurara, pero para mi era imposible moverme.

Después del tercer grito, pude percibir enojo en sus palabras.


—Bueno, hijo de la chingada, ¿qué no estás escuchando? No tenemos todo el día, volvió a gritar.


Mi cuerpo comenzó a moverse, pero los temblores en las piernas y manos me impedían coordinar para hacer algo.


El sargento me tomó del hombro para jalarme hasta el pequeño cuerpo. Tenía un impacto en el estómago y estaba en posición fetal como buscando calmar el dolor que sentía.


—¡Órale güey! Volvió a gritar el sargento.


De mi boca escaparon unas palabras que desataron la ira del sargento.


—No puedo sargento. Entienda que también soy padre.

—Yo también soy padre cabrón, pero no de estos bastardos. Mira bien, pendejo. Me dijo mientras me sostenía violentamente del hombro. A estos cabrones no hay que tenerles lástima. Tú no sabes si el día de mañana este mismo cabrón le va a hacer lo mismo a tu hijo, como lo que le hicieron a nuestros compañeros en Atoyac. Dijo el sargento queriéndome convencer de que hacía lo correcto. Y de esto, ni una sola palabra a nadie. Se dio la vuelta subió su pierna derecha por encima de su espinilla y dio un pisotón en la cabeza al cuerpecito inmóvil que estaba en el suelo. ¡Crack!


El crujir de los huesos se introdujo en mi cabeza y desde entonces lo escucho.


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