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  • Foto del escritorCámara rota

El demonio que conozco



Por David Crauley


El demonio que conozco tiene un espejo y uñas de cristal. Se mira, se mira hacia adentro, cuando se halla en la circunferencia del techo. Esa línea fuera de un lugar que conozco bien, pero sólo dentro, hacia adentro, de un lugar que fue del ayer o tal vez del mañana: no importa. ¡Joder! ¡Nunca importa! ¡Es el demonio! ¡Es dentro y es un lugar que nadie quiere nombrar! Un lugar frio como el cristal y, también, muerto como un sueño que será el día de mañana aunque ya crece y se abre en el ayer como una tumba que se vacía hacia afuera.

No lo intentes. Tu voz tiene sabor: no es dulce ni amarga. Reconozco ese olor: es el tacto de la hora décimo tercera. ¿Acaso no fue ayer? ¿Acaso no fue un instante con el aliento contenido? Algo iba a suceder, algo se iba a recordar siempre. Fue ayer, un instante sin respirar, dentro, en un lugar que no has podido recordar, que te aguarda afuera, donde solo tú puedes ser y entender y desafiar, un día entero, una noche de pavor con el temblor bajo la carne. Es la muerte en cada mirada como un espejo que te encara de frente sin decir nada. Demasiado se ha escrito ya al respecto, demasiado se ha hecho ya sin siquiera intentarlo. ¿Acaso no hemos muerto todos ya?

Conozco ese demonio. Siempre dice que afuera hay un lugar y, sin embargo, es adentro donde queda un camino, una ruta, un hilo de esperanza que no te ate a la bestia fastidiada de mirarse a un espejo sin paisaje al otro lado. ¿Contra quién luchas? ¿Cuándo fuiste tú? ¿A quién mientes? ¡Jodida bestia! Aún no has aprendido a reconocerte. Tú propia voz te esquiva, ahora que hay tanto que decir, ahora que todos los pasos deben darse hacia atrás.

Atrás empieza lo que ha terminado. No tiene sentido, no puede terminar lo que un día no empezó. No tiene sentido, ningún sentido, pero es real cuando se agita adentro. Y también es eterno, cuando se retuerce afuera, entre los dedos, como un cadáver de arena mojada. Es el señor tiempo en los techos y en mis membranas, en tus labios y en la ventana, es un cadáver mojado, un dulce-agrio de arena, ¿lo oyes dentro? ¿Huyes de él afuera? ¡Al diablo!

¡Conocimiento! Siempre dices lo mismo cuando me hallo afuera buscando dentro algo delicado tuyo: una uña rota, un colmillo ensangrentado, una manzana vieja. Algo que no sea verdad, es decir, algo que sólo encaje dentro de un laberinto de juguete, con casillas blancas y negras dibujadas en el pavimento, sobre las que morir en un instante de lucidez magistral a solas con un hombre-toro, también de él de juguete, también él de verdad como sólo lo son los juguetes más preciados. Todo lo demás es conocimiento. Pero eso no llena las paredes de adentro. Ni siquiera es un día o dos sin un solo hueso en cada miembro del cuerpo, ya sabes de qué te hablo.

Te hablo de un rato a solas, dentro o fuera, no importa, sin que no haya una sola cosa que se pueda romper, pero es complicado. Si caminas por fuera te tienes que romper un centenar de veces para saber como volver a salvo, adentro, de una vez por todas. Y lograrlo entero, de una pieza, no es fácil. Para ello es necesario, antes, ser un niño. Ese que dicen, los doctores, que está adentro. Como si adentro pudiera existir algo que ya murió afuera.

Sí, murió en los pupitres deletreando una memez con otra necedad, y masoquistamente magullado en el patio de recreo, cubierto con las braguitas, decoradas con flores amarillas y corazones rosa, de todas aquellas niñas arteras y dulces, como cuchillas envenenadas cortando pedacitos de una tarta de cumpleaños que le hubiese gustado tirar por la ventana, indiferente, como si así pudiera truncar el giro del mundo de afuera, que era lento y pesado como una piedra en un pozo de fango. ¡Qué fastidio el mundo-giro de afuera! Tan distinto del sueño-melodía de adentro, tan distinto como lo son tus manos de tu pubis.

Es desconcertante. Es una canción en el andén de una estación hacia la hora del centro. O la vida o la muerte, no debo decidir sobre nada más. Mientras tanto, mientras muero sin dejar de respirar, no me decido ni me entrometo en el baile fúnebre de los espíritus venidos a sepultarme. Atesoro los vellos de tu pubis y de tu ano y de tus pestañas. Los disuelvo en el primer café de la mañana y los guardo adentro cuando ya no hay nada afuera que me dé una sola hora de sueño profundo.

¿Te he hablado ya del tiempo? Es un cadáver mojado, en una cruz de cemento asentada sobre un monte de arena, porque, Dios, puede sostenerse firme y recto donde todo es blando e inseguro y amargo y se pierde entre los dedos. ¡Dios, ponte frente a mí! ¡Aguarda a que me alce de nuevo! Nadie lo sabrá, un dios no es suficiente, pero nadie lo sabrá. Sólo aguarda a que me alce de nuevo y, entonces, te hablaré del demonio que conozco, adentro y afuera. Sí, mucho te contaré, pero nada te diré.




TWITTER: @DCrauley


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