• Viridiana RN (@avecesperro)

El invitado de Ulises


Según Inés.


Mi hermano parecía ser un hombre normal. Ulises tenía buena relación con la familia, una novia a la que quería mucho, un trabajo que disfrutaba, en general era un sujeto feliz y tranquilo.

Aún no puedo entender por qué le pasó algo así a alguien como él, “nunca se metió con nadie y es un buen hijo” decían mis padres, “es el hombre perfecto” repetía en cada oportunidad su novia, con sus amigos y demás conocidos la historia no era distinta. Nadie podía hacer un mal comentario sobre Ulises, y aún así le ocurrió.

El sábado que todo comenzó era cumpleaños de mi madre y motivo de reunión obligatoria, llamó para decir que iba algo tarde y que aún tenía que pasar por Lola, lo escuché algo molesto, pero no le di importancia. Cuando llegaron Lola se notaba nerviosa y con los ojos llorosos, él no dejaba de murmurar y hacer gestos extraños. No quiso pasar a la mesa y les pidió a mis padres hablar con ellos en privado.

Lola y yo los veíamos desde la sala ¡Es ridículo! ¡Podemos buscar otras opiniones! gritaba desesperado mi padre, mamá no dejaba de llorar y decía que todo era su culpa. Lola no me contó nada, no importó lo mucho que insistí, me dijo que Ulises era quien debía ponerme al tanto. Después de una hora de hablar con mis padres mi hermano y su novia se fueron, ni siquiera me miró. No supimos nada de ellos durante dos meses o más.

Siempre íbamos a buscarlo, pero Ulises únicamente tenía contacto con Lola, hasta ese día en que las puertas abiertas, olvidar cerrar era una cosa común en Lola. Entré no sin antes preguntar si alguien estaba en casa, pero lo único que me recibió fue un horrible olor, el suelo manchado de sangre, los sillones destrozados y aleteos de moscas. Del cuarto de Ulises se alcanzaban a escuchar ruidos similares a los de un animal, bufidos o una cosa así, alumbré el lugar con la linterna de mi teléfono y pude ver sobre la cama a mi hermanito, o lo que quedaba de él. El terror fue indescriptible cuando mis ojos alcanzaron a distinguir entre su enorme boca un brazo ¡Un brazo! ¡Nadie me lo iba a creer! no podía moverme, el miedo había logrado paralizarme, de un salto Ulises llegó a la puerta de la habitación y con una voz que ya no era la suya me dijo que no podía evitarlo, que algo dentro de él se lo pedía y que no volviera más o no se haría responsable de lo que pudiese ocurrir.

No sé cómo logré llegar a casa, le conté todo a mis padres, papá se levantó de la mesa sin decir una sola palabra y mamá llorando dijo otra vez que eso era culpa suya. Ambos me prohibieron buscarlo de nuevo.



Según Adriana


Ese día era mi cumpleaños. Setenta y ocho años no son poca cosa, mi cuerpo ya mermó pero mi memoria sigue intacta, me gusta decir que tengo memoria de elefante, aunque anhelo olvidar ese funesto día y todos los que le han seguido. Vivo con mi esposo y tengo dos hijos, Inés y Ulises, los dos son personas de bien y vivían felices hasta que eso pasó. Mi hijo había estado actuando extraño últimamente, el día de mi cumpleaños llegó tarde al festejo, él nunca había sido impuntual. Llegó con su novia y era evidente que estaban tensos, Ulises no nos saludó ni me felicitó, nos pidió hablar en privado de un asunto delicado e insistía en que todo lo que nos contaría era verdad, mi esposo le rogó que nos tuviera confianza. Mi muchachito lloró y se desabotonó la camisa, se llevó las manos al pecho y comenzó a estirar su piel como si esta fuera una liga, hasta podía desprenderse de ella sin sentir dolor alguno, nos mostró que podía abrir su boca casi hasta cubrir el tamaño de su cara y arrancarse y colocarse los ojos sin derramar gotas de sangre. No podíamos creer lo que presenciábamos, mi esposo sugirió ir con algún médico, yo solamente pude pedirle que me perdonara. Sabía que eso era mi culpa, pero era la única opción que la vida me había dado y tenía que salvarlo. Mi embarazo y los primeros meses de vida de Ulises fueron complicados, mi niño nació prematuro y con problemas en los pulmones, los médicos me explicaron que corría riesgo de morir, me recomendaron estar preparada para lo peor, pero yo no podía, era el bebé más hermoso que mis ojos habían visto. Sufrí tanto que no encuentro palabras para explicarlo. La enfermera que lo atendía se hizo mi amiga y me sugirió “ofrecerlo” a un ser que tenía el don de engañar a la muerte, mi primera reacción fue de molestia, estaba perdiendo a mi hijo y ella llegaba a mí con historias tontas, pero insistió en que era real y en que lo hacía porque sabía que mi bebé no aguantaría más tiempo. Un tanto incrédula hice lo que me recomendó, no perdía nada con intentarlo, ver morir a mi bebé no era una opción, a la media noche del día siguiente hicimos un ritual extraño del que prefiero no hablar, matar animales nunca será algo para lo que me sienta preparada. Lo importante de ese asunto es que dio resultado, mi Ulises sobrevivió y creció siendo un niño sano y alegre. Fui tan feliz de ver a mi hijo convertirse en un hombre que no pensé en el resto del trato: una vez que mi hijo hubiera experimentado de lleno todas las emociones posibles esa cosa, ese monstruo, lo llevaría con él pues para ese entonces Ulises ya no tendría motivos para continuar con vida. Y eso pasó. Me arrepiento de no dejarlo ir en su momento, lancé a mi pequeño a un infierno, no merezco el perdón.



Según Lola


Conocí a Ulises hace dos años y somos novios desde hace año y medio, era un hombre increíble, hermoso y de buen corazón. Lo amo, en verdad lo amo, si tenemos esto presente es posible que puedan entender lo que hice, o por lo menos consigan juzgarme con menos dureza. Ulises había cambiado, la mayoría del tiempo estaba distante y molesto, llegué a pensar que ya no quería estar conmigo, pero aseguró que nunca dejaría de amarme y naturalmente le creí, pensándolo bien eso habría sido lo mejor para mí. Me contó todo un viernes, no quiso salir así que nuestro plan fue ver algunas películas, cenar y dormir temprano. Se ofreció a preparar todo, hizo pizza con aceitunas y sacó del congelador nuestro helado favorito -sabes que te amo y que jamás te lastimaría- me dijo tratando de no soltar lágrimas, se levantó de la mesa no sin antes pedirme que no le tuviera miedo y que conservara la calma, se desnudó y comenzó a jalar su piel como si estuviera quitándose una prenda más.

-¡No olvides que te amo y no me atrevería a hacerte daño!

-¿Te duele?

-No, nada. Si quiero puedo arrancarme hasta las piernas y después volverán a su lugar.

-Tenemos que ver a algún especialista.

-Ya lo intenté. Creyeron que estaba loco.

-¿Por eso has dejado de comer?

-Como carne cruda y otras cosas, lo demás no lo tolero.

Se volvió a poner la piel en su lugar y de nuevo se sentó frente a mí. Sugirió terminar el noviazgo porque no sabía cómo controlar lo que le ocurría, me negué cuantas veces pude, dejar al amor de mi vida no era algo que siquiera hubiera considerado; además no sentí miedo de él. Hablamos toda la noche sobre lo que le ocurría y cómo lo manejaríamos, al día siguiente le contaría cada detalle a su familia y de ser necesario se despediría de ellos. No estuvimos mucho tiempo en casa de sus padres, durante el regreso no dejó de llorar, dijo que todo era culpa de su madre y que su relación con ellos había terminado, no podía dejarlo solo. Me mudé con él para ayudarlo en todo lo que pudiera, desde su aseo hasta su alimentación ¡Ay, la comida! ¡Tenía que hacerlo! es algo que me pesará toda la vida, pero era necesario, no podía dejarlo morir. Lo hice por amor.

Después de un mes la carne cruda dejó de ser suficiente, lo veía débil y pude darme cuenta de que comenzaba a mirarme de forma distinta, ya no parecía él, decía cosas indescifrables con una voz que nada tenía que ver la suya y le dejó de importar eso de andar por la casa sin piel. Hasta ese momento comencé a temerle, pero no se lo dije. Una noche trató de comerme, me desperté con sus fauces a unos centímetros de mi rostro, le grité que se detuviera y volvió en sí, lloró y me pidió que me fuera porque ya no lo podía controlar, algo dentro de él le pedía alimentarse de algo más que aceites y carne cruda.

No sé qué pasó conmigo, o en qué momento el monstruo que vivía en él también se apoderó de mí, le dije que lo entendía y que estaba dispuesta a ayudarlo porque lo amaba y había prometido cuidarlo. Aceptó casi al instante y al día siguiente lo hice, llevé con ayuda de algunas mentiras a un compañero del trabajo a nuestra casa, era un tipo fastidioso y desagradable, no es justificación, pero sí creí que su ausencia se agradecería. Le conseguía a dos personas por semana, cuando él comía yo salía a caminar, no soportaba escuchar las súplicas de la gente ni el ruido de los colmillos trozando los huesos, las primeras veces procuraba dejar todo limpio cuando él terminaba de alimentarse, después me dio igual. Cuidarlo fue más difícil de lo que pensé, pero lo amaba y a veces me atrevía a pensar que al deshacernos de esas personas le hacíamos un favor al mundo.

El último día que lo vi discutimos, por un momento creí que me haría lo mismo que a esas personas, estaba furioso porque no cerré la puerta con candado, pero tenía muchas cosas en qué pensar y eso de los candados era de lo menos importante en mi lista. Salí a dar un paseo para tranquilizarme y cuando volví ya no estaba. Dejó un pedacito de su piel en mi almohada, sé que me ama.

Según Ulises


Un sábado mientras me alistaba para ver a Lola noté que mi cara se deformaba, y que en mi pecho comenzaba a formarse un extraño bulto de piel, la sentía más elástica de lo normal, pero no le di mucha importancia. Con el paso de los días el bulto de piel iba creciendo y mi rostro seguía cambiando, pedí vacaciones en el trabajo, me sentía enfermo, ya no dormía y era imposible saciar mi hambre; por supuesto vi a varios médicos pero ninguno pudo ayudarme de verdad. Pensaban que era algo producto del estrés o efecto de una nueva droga. Estaba dejando de ser yo y nadie lo comprendía.

Mi hambre no se apaciguaba y la piel seguía estirándose como goma, me moría de miedo y no sabía qué hacer. Compraba cerdos enteros y los comía sin mayor problema, mis dientes tomaron forma de colmillos y a cada momento podía sentir cómo mis extremidades se desprendían para dejar crecer otras, llegué a sacarme los ojos y aún así seguir viendo ¡asqueroso! pero ocurría, era como un insecto mudando de piel. Tuve que contarle todo a mi amada Lola, la pobre pensaba que quería terminar con la relación y aunque era lo correcto no podía, le preparé su comida favorita y mirándola a los ojos le expliqué lo que estaba viviendo, temía que me odiara, que sintiera asco o miedo, pero con ella nada es lo que esperas.

Me quité la piel y no huyó, comí una cabeza de un cerdo completamente cruda frente a ella y me miró con ternura, dijo que me ayudaría y que no me dejaría. Le confié mi vida y ella confió en mí. Al día siguiente debíamos ir a celebrar el cumpleaños de mi madre, estaba aterrado porque lo que iba a contar no es una cosa cotidiana, temí que me creyeran loco, pero ya no podía ocultarlo más. En cuanto entré llevé a mis padres a la cocina, Lola se quedó con mi hermana, supongo que la puso al tanto de mi situación. Mi padre no me creía y me pedía que me dejara de juegos, en cambio mi madre dijo en voz baja “esto no puede estar pasando” supe que no me creían, de modo que tuve que ser más directo para hablar de mi sufrimiento, me quité la camisa y levanté una parte de mi piel, también abrí mi boca emulando el movimiento de un tiburón a punto de atacar, necesitaba que me tomaran en serio.

Papá se quedó sin palabras y se aferró al crucifijo que colgaba en su cuello, mamá dijo que lo que pasaba conmigo era culpa suya, nos contó una historia sobre demonios y rituales y cómo ella sabía que eso podría pasarme, mi propia madre me condenó, aún me parece una cosa inconcebible, por su culpa me estaba convirtiendo en un monstruo sin alma ¿Qué clase de madre le haría algo así a su hijo? salí de ahí y le pedí que me diera muerto, en parte eso era verdad.

Solo contaba con Lola, éramos ella y yo contra lo que me estaba absorbiendo. Se mudó a mi casa, debió ser terrible ver cómo de a poco dejaba de ser yo, no recuerdo muchos de los días que estuvimos juntos, la mayoría del tiempo ya no me sentía a gusto con mi forma humana y no podía pensar en otra cosa que no fuera alimentarme. Una de las noches en las que dejé de ser yo estuve a punto de acabar su vida, un grito suyo me hizo parar, pero era algo que no podría controlar durante más tiempo y sumido en la vergüenza le hice saber que mi cuerpo necesitaba algo más que carne de animales muertos. Entendió, o tal vez no y simplemente lo aceptó, ella misma se ofreció a llevarme “comida” con tal de que me mantuviera tranquilo. Mi primer platillo fue un hombre del que ya había escuchado algunas cosas, todas malas, por cierto. Tuve miedo de que alguien pudiera sospechar algo o que mi víctima fuera más hábil que yo, pero cuando cruzó la puerta no me contuve y salté hacia él para arrancarle la lengua de un mordisco, el resto fue sencillo. Lola era la encargada de llevar a la gente y supongo que de limpiar, aunque hubiera querido no podía ayudarla, ya no podía distinguir el día de la noche, había dejado de tener control sobre mi cuerpo y mi piel comenzaba a pudrirse. Lo único que me importaba era no sentir hambre.

Una día mientras me comía a uno de esos infelices que llevaba Lola pude percatarme de que entre las sombras estaba mi hermana observando todo, pobre Inés, estuve a punto de hacerle lo mismo, pero logré recordar quién era y el cariño que nos teníamos. Huyó despavorida. No habría presenciado esa pesadilla si Lola no hubiera sido tan poco cuidadosa con las puertas, cuando volvió a casa discutimos sobre eso y de nuevo se marchó ¿Cómo me atreví a reprocharle cualquier cosa si era ella la que me mantenía con vida? tuve que tomar una decisión difícil, no podía seguir dependiendo de mi Lola, era lo suficientemente fuerte como para alimentarme por mí mismo y no había necesidad de arrastrarla a esto. Me fui antes de que volviera, no tenía caso despedirme.

Respecto a donde estoy ahora y cómo es mi apariencia no hay mucho que decir, pero si en serio desean conocer más de mí bastará con que leer las revistas sensacionalistas y de fenómenos paranormales, esas que nadie se toma en serio, para saber que no he vuelto a pasar hambre.

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