• Cámara rota

El primero, el asco y el nunca


Una imbécil.  Imbécil y muy joven. Así era yo cuando, a los 15 o 14 años, conocí a mi primer novio. 


Estaba en la preparatoria. Era mi primer año y, como hasta ahora, no era la clase de tía que llamase la atención de alguien. Nos conocimos por internet y por tener gustos musicales similares. Me gustaba porque, en aquel entonces, yo lo veía como Ringo Starr. Y a mí me encanta el batería de The Beatles. Siempre tuve problemas con relacionarme con la gente. También ahora, entonces conocer a un tío por internet era, de cierta manera cómodo. Él tenía novia y, sin embargo, teníamos "algo" en la red. ¿Ven cómo era imbécil? En la escuela conocí a dos tíos, fuimos pareja, sin embargo, no fue nada serio. No duró mucho y tampoco merece la pena hablar de ellos. Él, -vamos a ponerle "Sr. x". Sr. x fue mi primer novio. Un día nos vimos en una plaza y, desde entonces estuvimos juntos tres años. ¡Tres putos años, joder! 


¿Qué si lo quise? Sí, tanto que las veces que me engañó yo seguía detrás, con mi careto de idiota diciéndole que no me dejará o que no me comparara con las demás. También conocí a su familia y él a la mía. Muy formal. Mi madre no lo toleraba, pero sabía disimular. A veces me salía de noche a hablar por teléfono desde una cabina. Horas en el punto frío hablando con él. Lo valía, supongo. En tres años me convertí en algo que odié. Una niñata paranoica, a veces agresiva  y doblemente insegura. Pendiente del móvil o las redes sociales para ver si me hablaba o, como siempre sospechaba, estuviese con alguien. ¿Qué si fui feliz? Sí y no. Teníamos ratos buenos: la música, las primeras veces en muchas cosas: la tienda magia que descubrimos juntos, el danzón, el buffet chino o los cafés malos del McDonalds... también, claro, teníamos malos, pésimos. ¡Coño, nos estábamos matando! 


Tenía miedo todo el tiempo, miedo de las peleas, de ponerme loca, de los gritos, de que me dejara. Muy joven y muy imbécil. Sr. X no era guapo. A la distancia puedo decir todas las cosas que odiaba: su voz, su cabello, su olor, su boca, su risa, las uñas... 


Sin embargo, tenía algo. No sé qué, algo que me tenía enganchada. Ya saben, quieres tanto a alguien que te sientes privilegiada porque alguien como esa persona te volteó a ver y, más aún, de follar con él. 


Fue mi relación más larga. Al Sr. X le escribí mis cartas más largas, aquellas que, por primera vez, me atrevía a dar. A decir los primeros "te amo" sinceros y que eran igualmente correspondidos. Le mostré algunos secretos, de ésos que compartes porque algo, aunque sea mínimo, te dice que estarán más seguros, que no tienes que llevar tanto peso encima. Pero mis secretos y gustos no eran de su agrado, le gustaban en otras, no en mí. Y yo, por otro lado, me sentía juzgada y rechazada.


Cuando entré a la universidad, aún con todo en contra, seguimos. Yo comencé a conocer nueva gente, cosas y sitios. Me gustaba pensar que, eventualmente, se los compararía en el puente  donde veíamos atardeceres con mi cara de "mira, esto lo había leído antes, pero ahora sé de dónde viene, échale un ojo". 


Llevarlo con mis amigos, desde la preparatoria, era terrible. Había peleas y terminábamos por no ir y volver a casa. A ellos nunca les cayó bien y, bueno, se comprende. Con él comencé, de manera más fuerte, a odiar los viernes, que eran los días en los que venía a la escuela a por mí. 


Como les decía, poco a poco me fui transformando en algo que detestaba. Estaba totalmente paranoica. Venga, lo admito, me empezaron a llamar la atención otros muchachos y, cuando Sr. X supo, se armó la De Dios es Cristo pero yo no podía decir mucho, me sentía culpable de ver a otros muchachos y ser vista. Yo seguía compartiendo cosas, libros, lugares, anécdotas y malos ratos; él, claro, también. Poco a poco, los buenos momentos fueron empañados por las peleas cada vez peores. 


Había veces en las que me iba al baño de donde estuviésemos a llorar, a revisar sus redes sociales sólo para que me quedase claro que el tío que estaba allá fuera estaba conmigo no sé por qué y yo estaba con él no sé por qué. Bueno, sí, le quería. Y le quería tanto que, lo admito, hablamos de hijos, de vivir juntos... después me habría de dar cuenta que ésos no eran mis sueños, que era suyos y que, por la cercanía o la complacencia, me los creí tan míos como suyos: nuestros. 


Aún recuerdo los nombres de las tías con las que estuvo al mismo tiempo que conmigo. Aún recuerdo el nombre de los tíos con los que quise estar pero no pude o pude a medias. Tampoco soy una belleza y mi intelecto es poco, eso, aunado a toda la vorágine, me hizo cargar (aún ahora) con la inseguridad que se fue intensificado con los años. 


En 2012 terminamos, él estaba con una chica. Y yo estaba bastante mal. Empezaba a cruzar una de las depresiones más fuertes de mi vida; la primera, porque la segunda también vino por una separación con mi segundo y último novio. Mis padres tienen la costumbre de darnos viajes, a mí me debían uno que era regalo de salir de preparatoria y estar con buen promedio en la universidad. Mi hermana vivía -y vive- en Barcelona así que, tan malo era mi estado, que decidieron enviarme lejos un tiempo. Ahí iba a conocer a mi segundo o tercer terapeuta e iniciaría mi camino con antidepresivos recetados. 


Me fui cerca de 4 meses a España, dejé la escuela en pausa y me subí al primer avión que me llevase lejos, con otro horario y mar. También visité Italia y, aun cuando mi sed de distancia y viaje estaba siendo saciada por el destino, no pude disfrutar el viaje. Me la pasaba, cada que podía, en el ordenador, buscándolo. Sr. X ya tenía a otra chica. 


Ya sé, ya sé, soy muy imbécil, perdóname vida.


Mi hermana sabía los detalles de las repetidas separaciones y se mantuvo al margen. Recuerdo que volví un Agosto y lo primero que hice fue buscarle. Pasé otro de los peores cumpleaños y meses consecutivos haciendo la idiota con él. 


Pese a todo, no recuerdo cuándo decidí que tenía que dejarlo, que me estaba jodiendo yo sola y, aunque tarde, lo hice. Menuda temporada, no salía de mi cama en días, la escuela la fui atrasando más y las cosas en casa no eran buenas. Vaya tela... todo se iba juntando. 


En 2013 poco a poco me fui recuperando, salía un poco más y fui integrándome a la vida. Vaya, si hubiese sabido lo que iba a pasar, tal vez no habría vuelto. Pero todo pasa por algo. 


En repetidas ocasiones Sr. x me buscaba. Nos vimos dos veces y ambas fatales. Yo seguía enganchada pero iba tirando como podía. Te quería, lo confieso, Sr. x. 


Tres años después de la ruptura, pasaron muchas cosas. Bellas, terribles, tristes, increíbles o muy tontas... es que siempre mi vida ha sido de extremos, de extremos para todo. 


A veces me mandaba mensajes, básicamente con "te extraño", pero yo, de eso, ya estaba curada. 


Hace poco nos vimos. Seguía igual y, al verlo, agradecí no seguir ahí. Que tenía miedo y por eso había actuado así. Decía que le había dejado mucho. Que era lo que era hoy día por mí y lo que habíamos sido. La sensación de asco me duró semanas. Decidí que nunca iba a volver a hablar de ello, y como nadie leerá esto, se quedará como una anécdota que quién sabe si es cierto. Eso sí, no soy víctima, tampoco victimaria. Todos somos un poco de todo, de nada.


Ahora, han saltaron a mi vista las cosas que odiaba... la piel, la risa, el cabello, los dientes, las uñas, el olor. No suyas, mías. Mi rechazo, el rechazo por todo, por mí. Y yo estaba creciendo y también me dejó muchas cosas... nos dejamos, medio muertos, medio vivos, medio en la mierda, medio en el amor joven y dramático. Mi primer catástrofe, ya no pesa nada, ¿ves?



Por @soclasputnitchi

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