• Yesenia Flota

El reflejo




Por Yesenia Flota


Todos los días frente al espejo se me presenta un extraño. Nunca he podido ver mi reflejo, con el pasó de los años me he acostumbrado a mirar a mujeres y hombres distintos ante mí, en las acciones más simples veo perturbada mi intimidad por un desconocido. Está ahí, en el espejo fingiendo ser yo, no sería extraño si un día por fin me viera y para mí sólo sería una persona cualquiera, es posible que ya haya ocurrido, de cualquier forma, no importa, nunca volvería a verme otra vez, ninguna persona se ha repetido jamás y tal vez ese es el peor de mis pesares: Él nunca regresará.


Lo vi una mañana común, como de costumbre después de levantarme y cambiarme la pijama, fui al baño. Al disponerme a lavarme los dientes y la cara, lo pude ver en el espejo del lavamanos. Ahí estaba, era el sujeto más atractivo que haya visto, tenía unos ojos abrumadores, eran grandes, de un azul penetrante que casi era negro, su cabello era un desastre, nada arreglado, pero aun así desee instantáneamente poder tocarlo. Me miró con asombro y luego se sonrojo, le sonreí levemente y suspiré, pasé un buen momento mirándolo fijamente y él hizo lo mismo, decidí por fin poner la mano en el espejo y él me respondió. En silencio hice algo arriesgado, me incliné sutilmente y pegué mis labios al cristal, pude observarlo frente a mí, pero sólo sentí el vidrio frio que segundos después se empañó por mi respiración, desesperados ambos limpiamos el espejo. De pronto me entro la angustia de no poder verlo y caí en la cuenta de que en realidad eso pasaría, decidí permanecer ahí todo el día, disfrutando de su corta estancia, las horas pasaban y yo anhelaba con intensidad poder tocarlo, escuchar su voz, me la imaginaba, seguro sería grave y dulce, me hablaría palabras de ternura. Quizás tenía muchas cualidades, podría ser escritor o cantante, un gran matemático, lo que fuera hubiera sido perfecto y tal vez lo era todo.


Le atraía, sus pupilas se dilataban al mirarme, cada vez se veía más anonadado por mí. Desconozco mi apariencia, podría ser que él sí me viera, quizás yo era muy hermosa, tal vez lo había hipnotizado con mi belleza. Nos mirábamos, no podíamos dejar de hacerlo, con el pasó de las horas la ansiedad me carcomía y deseaba poder tenerlo, no quería moverme de ahí, no quería comer, no quería que el tiempo siguiera pasando. Quería que él fuera mío ¿Era mío? yo sin duda, era de él ¿Cómo sabía si él realmente era mío? Podía ser un embustero, quizá sólo me engañaba y hacía lo mismo con todas las mujeres, era atractivo ¿Por qué no habría de aprovecharse? Mofarse de una tonta como yo.


Y entonces lo noté, ya no me miraba de la misma forma, era desconfiado, estaba tramando algo, yo no iba a permitir que se burlara de mí, furiosa, tomé el banco que estaba junto al lavamanos y se lo lancé encima. El espejo se rompió, miles de cristales volaron y me hirieron, lágrimas y gotas de sangre rodaban por mi rostro. Me arrepentí de inmediato, aún quería verlo, desesperada lo busqué, pero entre los pedazos sólo pude observar sus ojos llorando.


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