• Cámara rota

El set de tu vida



Aún recuerdo aquel sábado 28 de Julio de 2012, fue una tarde nublada de verano y bebía, para no perder la costumbre, una copa de vino tinto con mi buen amigo Sergio. Nos encontrábamos en la terraza del Club Británico en la exclusiva zona del Pedregal, al sur de la Ciudad de México. En esas fechas, tuve la franquicia de la cafetería del lugar; era un vetusto centro deportivo-recreativo.


Hace algunas décadas, en este sitio, junto con el Club Alemán de México, se congregaba la aristocracia del entonces Distrito Federal con el afán de emular a John McEnroe o a Steffy Graf, los mejores tenistas de esa época, algunos la consideran como la era dorada del tenis. Ahora, solo acuden vestigios de aquella sociedad privilegiada a sacudirse la polilla y agitar su raqueta con desesperación, como si estuviesen jugándose un set a muerte súbita contra el tiempo.


Había pasado el horario de atención por lo que Sergio y yo decidimos disfrutar de unas botellas de Cabernet Sauvignon barato que adquirimos en una promoción del supermercado de la florecita.

—Nostálgico panorama, ¿no crees, Char?


Miré hacia las desgastadas canchas de reojo, mientras rellenaba nuestras copas y sonreí.

—Supongo Serge, que en algunos años estaremos haciendo lo mismo.

—¿Te refieres echarnos un tinto o a seguir atendiendo a estos cabrones? — dijo Sergio — observa al señor Jesús, tiene tres gasolinerías que compró a muy buen precio, escuché decirlo una vez, cuando Salinas era presidente y él era funcionario de Pemex; también está el señor Eduardo que desde el sexenio de Miguel de La Madrid ha sido diputado, senador, o director de alguna institución y todos los días llega a las 9 am y se va a la 1pm. A este paso y como está la situación en el país es más fácil que a nosotros nos cargue la chingada por el estrés antes que a estos veteranos.


—Ja ja ja ja — No pude contener la risa — ambas opciones son posibles mi amigo, pero realmente me refería a que si en algunos años tendremos el deseo de realizar actividades que nos hagan sentir chavos, a pesar de la edad, ya que el tiempo no es amigo de nadie.

—En mi caso falta mucho para eso, pero veo que a ti ya te han salido algunas canas, no te caería mal una pasadita de "Just 4 men".


—Mi juventud es mental, no física.—respondí de inmediato con el estómago.


—Pues dile a tu mente que no sea tan acaparadora, y que deje algo p'al cuerpo— agregó.

Aquella respuesta mordaz de mi buen amigo había incomodado al par de arrugas que desde hace unos meses se habían instalado en el penthouse de mi persona, pero le mostré una sonrisa en gesto de resignación.


Me serví otra copa de vino y la tome de un trago como si fuese "caballito" de tequila y en lugar de entonar una de mis frases presuntuosas y trilladas, que usaba frecuentemente ante ataques verbales de mis amigos al cuestionar mi edad, respondí:

—Chavo, tengo 33 años, la edad del Yisus, estoy en el clímax de mi vida, nunca he parado en un hospital, no tengo una sola cicatriz, jamas he visitado al nutriólogo, y mucho menos a un grupo de ayuda AA, sin embargo, no dudo que algún día quiera volver a las canchas de "fucho" a volver a pisar el balón, o quizás desempolvar la guitarra y completar las rolas que dejé inconclusas cuando tuve 20.

—Si gustas, puedo decirle a mi tío que te haga un lugar en la liga de veteranos ¡Esperemos que no seas crucificado en ese regreso!— Bromeó Sergio.

De pronto, se escuchó un gran alboroto en las canchas, dirigimos la mirada casi al mismo tiempo y vimos que Doña Lascurain y Doña De la Fuente se abrazaban y saltaban de alegría, el poco público presente aplaudía; ellas habían vencido a las hermanas De la Garza que habían venido de otro club similar de Monterrey, y en esa contienda feroz salieron triunfadoras, pareciese que les habían ganado a las mismísimas hermanas Williams.

—¿Ves, carnal? —repliequé a Sergio — la juventud es mental, y como ha ganado el equipo de la casa me han dado ganas de festejar. ¡Ya no quiero vino! ¿qué te parece si vamos al OXXO por un cartón de chelas?

—Sabes bien que no puedo tomar cerveza, por lo del ácido úrico.

—Tómate una, total, imagina que, al igual que aquellas figuras decrépitas, tú también te estás rifando un mano a mano contra el Rafael Nadal de tu metabolismo.

Sergio soltó una carcajada extraña, se levanto y sacó dinero de la caja. Aprecié una expresión retadora en su mirada, sabía perfectamente que me regresaría aquel ataque, pero lo olvidó cuando le dije "yo pago".

Encaminamos a la tienda y compramos 24 latas de tecate, regresamos y nos desplomamos en los anticuados camastros de la alberca del club Británico mientras observamos la agonía de aquel día.

— Otro día que se va, Char.


— Sí, Serge, otro más.

Cerré los ojos pensando en que algún día mi vida sería como esa tarde, y que me darán ganas de hacer lo que más me gusta, al menos por última vez, solo para sentirme joven. Sé que tu también lo harás, y que te rifarás el todo por el todo, pues como yo, también te estarás jugando el último set de tu vida.



Por Char Moreno.



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