• Marlen Corona

El vestido azul





Por Xóchitl Marlen Corona


Portaba un vestido celeste con tintes púrpura, el vestido rodeaba sus caderas. Martha Elena tenía un vestido azul, le gustaba su vestido azul.


Las noches frías abría las ventanas, indiscretamente la observaba. Ella lloraba todas las noches, hasta que sus ojos se hundían en la misma tormenta que la habitaba. Sufría con ella, iba a la cama deseando portar el vestido azul y que el viento revoloteara entre sus piernas, acariciándolas como si fuera yo y que sus labios desprendieran un pequeño mordisco. En fin, fui a dormir imaginando el cuerpo de Martha Elena, imaginando su peso sobre mí.


Ayer desperté tarde, ella ya había salido. A su regreso, cubría su rostro con bolsas llenas de pan y un ramo de flores; la retraté y pinté un lienzo sobre ella, el imaginario estaba siendo devastador.


Hoy abrí la ventana, la noche se tornaba silenciosa. Nuevamente, mi ventana indiscreta observaba a una mujer que lloraba en soledad. Vestía un blusón, y en sus manos portaba el vestido azul, hilvanando, remendando, cubriendo los agujeros; llorando, una noche más llorando.


Al día siguiente, sus ojos hundidos, su piel brillante por la humedad de sus vacíos. Pensaba, solo pensaba cuando la miraba, y es que la pienso en susurros, susurros ventajosos y seductores. Un día seré el viento que se cuela por tus orificios, seré la lengua que coincida con tu aliento; un día no remendarás más, un día no llorarás más.


Martha Elena va por la calle y lleva un vestido azul ¡lleno de flores! Su rostro brilla como reflejo soleado en agua. Gritan en la calle: ¡Marina!, ella gira y su vestido muestra el infinito sexo que el viento toca; mi deseo crece y mi anhelo se vence. Él la toma del brazo y echa para atrás el cabello enmarañado; la toca, la besa. El vestido azul los abraza, los transforma. Ella, ahora Marina, y yo, en espera de mi Martha Elena.



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