• Male

Harina, miel y semillas.



Hoy amanecí con ganas de hablar sobre comida. La verdad es que no soy una gran conocedora, pero lo voy a hacer con mucho amor. Antes de empezar, debo advertir que no recomiendo tener altas expectativas gastronómicas de este texto, porque pueden terminar muy desilusionades. Primero, porque como diría mi novia “soy muy special”. Me cuesta mucho trabajo encontrar comida que me guste sin ponerle peros. En ésto puedo culpar un poco a mi familia. Desde que tengo memoria me dejaron comer lo que quisiera porque no tenían mucho tiempo para andar peleando conmigo sobre esos temas. Preferían que comiera lo poco que eligiera, a que no comiera nada en absoluto. Así fue como me fui haciendo de mañas que, con el paso del tiempo, perfeccioné para casi auscultar - con instrumentos que tuviera a la mano - cada plato de sopa, guisado o taco que me pusieran enfrente; eligiendo con mucho cuidado, y únicamente seleccionando lo que estaba dispuesta a llevarme a la boca.


La segunda razón es porque, como la gran mayoría de personas que conozco, tengo una relación con la comida bastante complicada. Sí, el capitalismo, la industria de la moda y la publicidad hicieron estragos en mi cabeza desde una edad muy temprana. Después de muchos años de vivir entre desórdenes alimenticios, terapias para controlarlos, lectura, y trabajo de introspección, por fin he llegado a un estado de paz donde volví a ver la comida como la cosa tan magnífica que es.


Hace poco platicaba con un gran amigo mío y llegamos a una frase que jamás voy a poder olvidar: “Reír y comer son las dos cosas más grandiosas de la vida. Por eso, escuchar malos chistes o probar comida fea son ofensas que te ponen de muy mal humor”. Mirar stand ups de gente horrible haciendo pésimos chistes, que muchas veces no sólo se conforman con ser terribles, sino que terminan cayendo en clasismo, racismo, misoginia y un sinfín de temas de ese tipo (no voy a decir nombres de “comediantes” así porque no vale la pena hacerles promoción, pero estoy segura de que se te vinieron a la mente varios mientras leías ésto) es casi tan triste como comerte un taco campechano insípido, un pozole seboso o un panucho frío. Simplemente inadmisible.


No puedo opinar mucho sobre comida “real”, pero algo en lo que sí me considero experta es en los dulces. Me encantan los dulces de todo tipo (sí, lo repito: DE TODO TIPO) y por eso hoy quiero profundizar en uno de mis favoritos en la vida: las pepitorias.


Sé que el nombre de “pepitoria” refiere a un dulce diferente dependiendo del lugar en el que te encuentres de nuestro precioso país. Pero yo crecí en el sur de la grandiosa Ciudad de México. La amo casi tanto como la odio. No entraremos en esos temas porque todes sabemos de sus rasgos maravillosos, pero también estamos muy conscientes de qué pie cojea. Aquí donde yo vivo, la pepitoria consta de un par de hermosas obleas en forma de semicírculo que pueden ser de distintos colores muy llamativos (rosa, azul, amarillo, verde, etcétera), hechas de harina de arroz, pegadas con miel de piloncillo por en medio y que en la parte curva se adornan con semillas de calabaza como si fueran espinas. Una experiencia visual fantástica que me hace pensar en erizos o nopales, dependiendo de mi estado de ánimo.


Desde que era muy pequeña, aprendí que cada semáforo o cruce grande de avenidas representa una oportunidad valiosísima para encontrar a alguien con una canasta enorme llena de dulces típicos mexicanos y que - entre todo ese tesoro de sabor - se hallan humildes, indefensas y frágiles, las pepitorias. Ahí, calmadas, esperando a ser elegidas y poder alegrarle el día a cualquiera.


Comprar una bolsita con pepitorias es sinónimo de tomar una muy buena decisión. Rara vez te van a dar una mala sorpresa. Sí, como en todo, existe un porcentaje de riesgo. Puede que el piloncillo esté un poco amargo, o haya poca miel entre las obleas, incluso me han tocado algunas bastante secas o duras. Pero las amo tanto, que a ellas les perdono cualquier cosa.


Hace relativamente poco, conocí a una chica con la que llevo casi un año de relación. Han sido meses grandiosos y si tuviera que evaluar mi experiencia en estrellas, claro que le doy cinco. Excelente servicio. Hacemos muchas cosas juntas y compartimos momentos increíbles. Ella, además de ser hermosa, es muy divertida y tiene el corazón más noble que he conocido en la vida. He pensado últimamente (en este tiempo de aislamiento), que muchas de las cosas que amo de estar con ella tienen que ver con comida.


Volviendo un poco a lo del principio, tengo que contar que nunca me ha gustado comer con otras personas. Mi momento de comida es muy personal, justo por esa relación destructiva que llevé con la comida por mucho tiempo. Tanto es así, que incluso cuando vivía en casa de mi mamá o de mi abuela evitaba a toda costa la hora de comida familiar y me iba a comer sola a mi habitación para que nadie me viera. Pero con Melissa no fue así. Nunca me molestó compartir la comida con ella, ni me dio pena que me viera comer. Tampoco me sentí juzgada por cómo o qué comía. Siempre fue muy amable conmigo y jamás me provocó ninguna de las otras emociones feas que siento cuando como algo rodeada de gente.


Previo a la cuarentena comíamos todo juntas. Tacos, esquites, pan, pizza, hamburguesas, fruta, postres y muchas cosas más. Y fue justo ahí cuando me di cuenta que antes, para mí, comer una pepitoria era cuestión de amar la experiencia del sabor del dulce. Pero desde que llegó ella a mi vida, comer una pepitoria (más allá del placer del dulce en mi boca) es amar la experiencia de ir en el coche escuchando música, cantando juntas, riendo, acariciando su mano, oliendo su cabello y de pronto recordar que hay una señora que se para en el cruce de Avenida del Imán (con…no me acuerdo cuál otra calle), detenernos para comprar - por la módica cantidad de diez pesitos - una bolsita con tres pepitorias, abrirla y romperlas en pedazos para compartirlas mientras escucho su hermosa voz diciéndome “ya nooooo, me diste un pedazo gigante y no lo puedo masticar”. Porque en ese instante comprendí que, aunque parezca delgada una pepitoria, en su interior caben muchas más cosas que sólo harina, miel y semillas.




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