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  • Foto del escritorCámara rota

Hijos de la muerte


Por David Crauley


El abismo era extenso. Un sueño y después otro. En algún momento, un cigarrillo y la mitad afilada de un beso, justo debajo de las uñas. Un ósculo inesperado en carne viva y el abismo volvía a ser extenso. Un sueño y, después, el despertar de una caída desde la gran cima más elevada de un rayo de luz; la luz, el rostro, la voz de un dios que nunca fue honesto: desde el primer instante dictó que lo alto se abatiera en lo profundo, donde, el principio de un sueño, era tan extenso y doloroso como el final del siguiente… demasiado extenso.

Pero qué cojones; era nuestra caída, era nuestro dolor, era nuestro sueño, era nuestro abismo. Y, allí, la música sonaba siempre como un viejo amor que te lamía las heridas, al mismo tiempo, que te abría otras nuevas, dignas de lucir en cada tramo de la piel en el desfile del carnaval enloquecido del buen Meyrink. Que aquella noche había llegado con el rostro magullado y vociferando que eran todos unos cobardes y unos blandos y que pronto se iban a enterar. ¡Por supuesto que sí! Tres bacantes vertieron vino en las raíces de sus cabellos y enjugaron sus heridas con miel, pero sus suaves delirios no surtieron efecto.

De improviso, el reloj marcó una nueva hora. No del día ni de la noche, sino del espacio entre una bala y un sueño en el tambor de un revólver. Alguien debía apretar el gatillo, alguien debía soñar por todos los demás, alguien debía quedarse atrás, mientras todos los demás proseguíamos porque el abismo era extenso como la leyenda de un dragón.

Derrochamos toda una era, sin días ni noches, mirándonos en silencio, expectantes, como una cofradía de viejas deidades malhechoras excitadas con los primeros símbolos de un primitivo ritual de sangre y canibalismo. Retándonos, Tanteando con la gema de los dedos el perfil cuasi erótico de una bala guardada en nuestros bolsillos: urdida para aquella hora, atesorada para aquel momento.

«Yo nunca lo hice… ¡Quiero hacerlo!», dijo, inesperadamente, la voz ligera de una chavala, de aire desvariado, desde el corazón volátil de una sombra que, inexplicablemente, vestía la forma esbelta y delicada de una chavala que, tal vez, después de todo, realmente fuese una chavala. Porque hablaba como una chavala y apuraba una cerveza como una chavala, pero joder, todos pensamos que era una sombra que se había extraviado de las patas malheridas del sillón donde se postraba Boris Vian todas las noches con el pene desnudo, entre la mano, porque creía que lo tenía enorme y ansiaba que todos le dijésemos lo grande que lo tenía, pero no era cierto. De hecho, allí nada era cierto, no del modo en como las cosas eran ciertas y veraces, allá afuera, bajo la ensoñación imbatible de la Omnimáquina emancipada de todo pensamiento humano.

Pero allí dentro, en la sexta planta de una esquina de la ciudad distópica y mezquina de Media. Allí dentro, entre las cuatro paredes de la pagoda delirante de un antiguo enterrador de caracoles. Bueno, lo que era o no era cierto, se dibujaba exactamente con el mismo trazo incoherente en la corteza cerebral antes de desvanecerse, puerilmente, en el magma epiléptico de miríadas de células insectívoras, embriagadas y narcotizadas con alucinados mantras químicos tomados del árbol adulterado de la nueva Creación. Lo real y lo irreal, amigo mío, apenas constituían fórmulas quánticas imprecisas, una mera función sociobiológica de los vivos, un sacramento desesperado de los muertos. Nosotros no teníamos función, nosotros no teníamos fango del que resurgir. Lo que era y lo que no era se equilibraba elegantemente en el mismo espacio tangible y sereno de nuestra conciencia.

«No tiene mucho sentido jugar a esto, pero es delicioso ver como sucede», suspiró Mary Shelley sostenida contra la pared como si una fuerza invisible la estuviera derrotando, delicadamente, bajo sus huesos de trigo. Yo aferré mi bala con la mano izquierda, trastocado e inerte, como si se tratara de una flor de metal destinada a arraigar y florecer sobre el cadáver aniquilado de un joven héroe en la guerra más infame de todas. Nunca lo había hecho, no sabía si era el momento, no sabía si debía, no sabía si lo deseaba, joder, ni siquiera sabía si debía consentir que cualquier otro lo hiciera y, sin embargo, mi corazón no podía evitar precipitarse en la pureza violenta de aquella hora honesta y sagrada.

La chavala insistió una vez más. Esta vez con su voz, con sus ojos encendidos como dos espíritus de la ira y de la venganza. Todos nos fijamos en ella, por fin, sin saber qué decir, sin saber si tomárnosla en serio o si devolverla a su rincón. Las sombras solían ser dulces y amargas y floridas e insanas y, a veces, sólo a veces, eran Dios visto de espaldas con la voz del demonio gritando en sus sesos: «A la mierda la eternidad». Y cuando te encuentras con la sombra de Dios exiliada del Jardín, sumida en las corrientes del abismo, dándole las espaldas a los hombres, no sabes muy bien qué decir, no sabes muy bien por qué deberías compadecerte, no sabes muy bien si te importa lo más mínimo porque, el jodido diablo, está vociferando en tu cerebro algo que habías olvidado: «¡A la mierda la eternidad! ¡A la mierda!».

¡Sí! ¡A la mierda! Tarareamos, rencorosamente, con los dientes y con los huesos, mientras la chavala, la sombra, daba decidida un paso al frente, exhibiendo su bala con fiereza serena porque, a veces, sólo a veces, las sombras incineraban cuerpos y almas desde la distancia, sin tocarlas. Ya sabes de qué te hablo.

«¿Por qué no?» conjuró entusiasmado Céline, echándose después a reír como una serpiente marina angustiando el sueño pavoroso de un niño de cuna. Todos asentimos y nos unimos a su celebración expulsando vórtices, no codificados, de energía sináptica que proliferó, allá afuera, por las arterias de la Omnimáquina. Modificando, imperceptiblemente, capas de herrumbre, insomnio, ansiedad, plástico y circuitos. Trastocando los nervios intoxicados de naturalezas subyacentes. Alterando los ritmos tortuosos del nuevo-viejo Árbol de la Vida. Y, allá afuera, la Omnimáquina sufrió un latido infantil en el limbo interior de su archiestructura antropófaga. Las rosas soñaron con nuevos colores al unísono, los ciervos tímidos hicieron el amor, las aves salvajes se hicieron eternamente jóvenes, alguien se miró al espejo y pensó que a la mañana siguiente se despertaría de una vez por todas. Pero no nosotros. Nosotros estábamos despiertos y vigilábamos, atentamente, cada uno de los movimientos de la chavala. Sobre todo, cuando alguien le tendió el revólver de un antiguo enterrador de caracoles que enloqueció el día en que, el primer caracol, resucitó sin previo aviso.

Por un instante, que devoramos crudo, ella pareció dudar, ella pareció temblar por dentro, ella pareció la sombra de una antigua cruz de madera, infructuosa, y la amamos un poco más despacio, un poco más lejos en la infinitud de aquel abismo, extenso como nuestra avidez criminal.

«Si la muerte fuese cierta, no existiría, querida. ¡Adelante! ¡No hay nada que temer!» Las palabras sabias de Dunsany surtieron efecto, como siempre. La chavala, liberada de algo que no entendía, invocó, para sí misma, los colores de un cielo de papel, tan antiguo como una doncella recién desflorada. Y hasta Dios, el antiguo Dios de los ejércitos, de los holocaustos, de la furia, de las columnas de fuego atronadoras estaba entre nosotros, castañeando los dientes, haciendo rimas con uranio enriquecido y crónicas escrupulosas de necrofilia y los últimos éxitos de la inservible música pop, mientras, ella, erguida en el preludio del fin, con los ojos cerrados, amenazaba sus cienes con el cañón del revólver de un antiguo enterrador de pequeños misterios que no morían.

Fueron minutos de lascivia con los corazones imbuidos de himnos de sangre y muerte. Mientras, allá afuera, todo se oscurecía y fermentaba y decaía por otros dos mil años más, para nosotros: jauría de lobos en cautiverio que ya no recordaban el vientre de sus madres, que ya no tenían origen, que ya nunca tendrían final. «¡Hazlo! ¡Hazlo!..», era la única palabra que éramos capaces de articular con fervor psicótico.

Y, Súbitamente, sucedió: un resplandor impío, de color metálico, lamido por llamas etéreas, deslumbró el epicentro de nuestros espíritus saciando la locura. Estallidos de sangre centellearon en el aire, el hedor de la carne calcinada llenó la habitación, la chavala se desplomó hacia adelante y un manto carmesí, salido de sus cienes, se esparció por el suelo con el rigor de una obra de arte nacida de una perfecta y salvaje comprensión de la vida y la muerte, de la no-vida, de la no-muerte: el Todo fecundando la Nada en los viaductos estériles de un abismo demasiado extenso.

Estallamos de júbilo y pavor, deliramos, extasiados, cuando ella murió y no murió. Porque ella nos arrebató. Ella nos envolvió con los bosques de alegorías y las regiones mistéricas de un manto carmesí donde nacían los dioses. Ella nos mostró los márgenes del Sueño, más allá de los escombros cuadriculados del abismo. Y caímos, caímos en la palma de sus manos como aves sin alas, cabeza abajo, sobre los mares de la eternidad, a través de cuanto se erigía más allá, sin formas determinadas, sin horas ni estaciones aprisionados.

El Sueño se despertó en sus sienes acribilladas y nosotros proseguimos, crecimos, extraviados, en cada una de las mil fantasías nacidas de los arroyos del cráneo de la No-Muerta: como rocas impolutas de la mítica montaña del Centro, como antiguos chamanes hermanados con bestias, como bestias, bellas y verdaderas, en el interior del cuerpo de bailarines ebrios y con el corazón espumeante de olas irreales provenientes de canciones ya olvidadas. Y cobramos otras mil formas extravagantes en un millón de sueños colindantes, imperceptibles, en la trama viciada de la oscura ciudad de Media.

Afuera, la Omnimáquina, se estremeció con furia inquieta. Se había producido una adulteración en la sintaxis del Código-Razón. Se había abierto una brecha sutil, pero eficaz, en los planos simétricos de su vigilia mecánica y precisa. Iracunda irguió a sus Arcontes contra nosotros. Movilizó a toda la hueste depravada de los Doctores, de los Jueces, de los Sacerdotes de Media y a mil legiones de engendros más, esclavos de su voluntad.

Pero no pudieron contenernos, no pudieron alcanzarnos porque, la No-Muerta, fue mas fuerte y fiel. Con su manto carmesí fue la llave de un sueño y, después, de otro y, nosotros, como pequeños y enigmáticos caracoles resurrectos, nos deslizamos a través del primero y del segundo y del tercero. Y perseguimos el núcleo de nuevas y diversas fantasías involuntarias en el sueño de los Esclavócratas, tendidos en sus lechos, sin que nos presintieran cruzando sus fantásticos teatrillos oníricos. Mundos colosales y fructíferos, todavía no abordados por la corrompida estrategia de la odiosa Omnimáquina. Mundo-Laberinto increado, primordial, donde aún prevalecía el Espíritu: libre, imbatible, sabio, sereno y perfecto.

Aún hoy, honramos el don que nos otorgó la No-Muerta. Aún hoy conservamos una bala en nuestros bolsillos para guiar a los nuestros una vez más… porque el abismo es extenso como las pantomimas de un bufón.




TWITTER: @DCrauley


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