• Cámara rota

Historias de sobremesa


Siempre me han gustado las historias contada por las personas, cuando niña escuché una infinidad de historia de mi padre y mi madre, algunas con mucho sentido de buen humor, algunas otras llenas de reflexiones. Ahora que ya los años han pasado (como dice la canción), estas historias son contadas por mí, a mis hijos.


En aquellos años la señal de tv no era tan buena, no había celulares y la verdad a los niños de aquella época nos gustaba más salir a la calle e inventar juegos (no teníamos de otra), pero también disfrutábamos escuchar historias.


Recuerdo que los mejores momentos para escuchar historias de mi madre eran cuando las lluvias de temporal se prolongaban durante el día y por la noche nos quedábamos sin luz, la cena alrededor de la mesa y una velita pequeña depositada en el frasco de sal, era lo único que nos iluminaba, terminado eso, todos a la cama y mi madre desde su habitación, que colindaba con la nuestra, nos contaba historia de su vida en la oscuridad de la noche.


Las historias de mi padre siempre eran un sábado por la noche o domingo después de la cena en un día de verano, cuando el calor no da tregua aún cuando el astro sol se ha ido. Mis hermanos y yo sabíamos que si papá sacaba su silla a la calle seguro que debíamos salir y sentarnos en el cemento alrededor de él. Parecía que él sabia lo que nosotros esperábamos, sus historias siempre empezaban contado sobre su niñez y aunque esa historia ya la había contado una infinidad de veces, cada vez que la relataba tenía un toque particular y añadiría algo distinto.


Pero esas historias fantásticas van cambiando de interés conforme vas creciendo, porque los intereses se van transformando y las conversaciones en casa ya no vuelven a ser las mismas. Entonces vienen las confrontaciones entre padres e hijos y las comparaciones de los tiempos de tus padres ya no tienen sentido con lo que estás viviendo en la época que te toca vivir.


Llegas a una edad donde tratas por todos los medios de evitar las conversaciones con tus padres y más si estás se vuelven temas personales, en esta época ya las historias contadas por las personas adultas no tienen ningún sentido, las escuchas, pero no las entiendes, o más bien, no quieres entenderlas.


Antes las personas nos reuníamos a platicar y contar esas historias que les daban un toque especial a nuestras vidas, esas historias pasaban de generación a generación, pero me pregunto, hoy en día en pleno 2021, ¿qué va a pasar con nuestras historias de vida? Si esta generación solo te da unos cuantos minutos a la hora de la comida con la amenaza previa de que se sienten alrededor de la mesa “sin celulares”, y terminando de comer los chicos se desaparecen para vivir su vida en una red virtual.


Ya me llegó la edad de repetir y repetir las mismas historias a mis hijos, principalmente al más pequeño, es al que tengo atrapado con mis relatos. Durante la comida, normalmente tenemos la sobremesa, ese espacio que buscamos para servir un rico postre (tener postre, me ha permitido retener más tiempo a los chicos en la mesa). En casa de mis padres esta sobremesa se podría prolongar por una o dos horas y en días festivos aún más.


Hoy, el que se ha integrado a estas historias es mi esposo, antes sólo era un simple espectador, sus historias tienen un toque especial, ese toque que veía en mi padre; mis hijos ya no tienen prisa por terminar la comida, pues ahora esperan esas historias contadas por sus padres.


Ayer, todos estábamos disfrutando de una rica comida, al terminar, saqué un bote de nieve y un refresco de cola, mientras me servía la nieve en un vaso de vidrio en forma de copa para luego verter el refresco de cola, recordé un evento (que empecé a contarle a la familia) con mi hermano Pato, él llegó de vacaciones a casa de mis padres y como “buen” hermano nos quiso llevar a una nevería muy favosa en nuestra ciudad, éramos 4 hermanas pequeñas, las edades si mal no recuerdo era entre 4, 6, 10 y 11 años. Mientras nos servían los helados, mis hermanas pequeñas jugaban con sus manos y recuerdo que yo solo observaba muy quieta porque sabia que mi hermano era poco tolerante, solo era cuestión de tiempo para que él explotara de la nada. Y sí, eso pasó, mis hermanas pequeñas entre sus juegos bruscos pasaron a traer una de las copas que de manera inesperada se rompió, creo que pagar la copa rota fue más caro que las nieves.


Y claro para no quedarse atrás, mi esposo empezó a contar que llevó a su novia “Anita la huerfanita” a esa nevería, pero como en esa época casi siempre un chavo de su edad andaba corto de dinero, le llamó a su hermano para que llegará, con la consigna de que no podía pedir nada. Mientras el estaba con “esa tal Anita” esperando a su hermano, ella pidió una copa con tres bolitas de nieve y el refresco de soda, llega su hermano y dice a la mesera -Señorita le encargo una banana split por favor. Mi esposo lo miro con unos ojos que sólo le falto que echara chispas para desintegrarlo por completo por lo que había hecho, y de pronto, su hermano soltó una risa y le dijo con un guiño de ojos - ¡es broma!


En esa historia la invitación a su hermano no checaba, creo más bien, acomodó la historia para que el evento no se mirara romántico, bueno, eso creo.


Total, todas las historias que cuenta mi esposo con esta chica siempre le salen mal conmigo, porque resulta que cuando éramos jóvenes yo lo conocí soltero y de un de repente él empezó a salir con ella, y en mi mente no puedo borrar la imagen de la chica, ella tenía un hermoso cabello largo y negro como la noche (pero sin estrellas), creo que era el atractivo visual más impresionante que tenía. Por azares del destino ellos terminaron, pero ella nunca pudo superar la ruptura y por despecho se casó con el primero que se la robó (la tuvieron que casar).


En una ocasión, mi hermana menor me contó que la tal Anita le llamó para preguntarle si era verdad que su “ex” (mi esposo) aún vivía, -Claro que está vivo, le contestó mi hermana. Como a los tres años de ese evento, mi madre me llamó para contarme que “Anita”, su esposo y sus dos hijos habían tenido un accidente.


Anita siempre tendrá un espacio privilegiado en las conversaciones en casa, porque mi hijo mayor le dice: -Mamá Anita.



Por Candy Ramos Escobar.

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