La fatiga de existir impecablemente
- Mónica Mondragón

- 7 may
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Por: Mónica Mondragón
Hace años
muchos años
descubrí la fatiga de las cosas impecables.
La vi crecer
como humedad silenciosa
detrás de los espejos,
en las habitaciones donde doblaba cuidadosamente mis vestidos
y me acomodaba la sonrisa
antes de salir al mundo
como quien enciende velas
en una iglesia vacía.
Desde entonces
camino conmigo misma
como se carga un antiguo retrato:
con cuidado,
con melancolía,
con una extraña ternura.
Porque sí,
la vida ha sido compleja.
Ha tenido corredores oscuros,
días donde el alma pesa
como abrigo mojado,
silencios interminables,
adioses que permanecen abiertos
igual que ventanas golpeadas por el viento.
Y aun así,
he sido feliz.
Felizmente cansada a veces.
Felizmente rota algunas noches.
Pero feliz.
He encontrado belleza
en el café tibio de las mañanas,
en ciertas canciones lejanas,
en la lluvia golpeando los balcones,
y en la obstinada esperanza
de que algún día
este mundo cansado de sí mismo
deje de pudrirse tan lentamente
como si el mundo todavía fuera habitable.
La tristeza y la dicha
nunca fueron enemigas.
Aprendieron a sentarse juntas
dentro de mí
como dos mujeres antiguas
que ya dejaron de discutir.
Por eso, ya no reniego de la vida.
Reniego solamente
de la necesidad absurda
de volverla perfecta.
Estoy cansada
de las superficies impecables,
de las palabras cuidadosamente medidas,
de fingir que una mujer debe atravesar los años
sin grietas,
sin miedo,
sin noches vacías.
Porque incluso en mis días más felices
había algo agotado en mí:
esa vieja costumbre
de parecer invulnerable.
Y sin embargo
cada mañana regreso.
Abro las ventanas.
Riego las plantas.
Ordeno un poco el desastre.
Me peino frente al espejo.
Salgo otra vez a las calles
donde el mundo continúa ardiendo y floreciendo
al mismo tiempo.
A los treinta y tantos años
he comprendido
que vivir no consiste en volverse piedra,
sino en seguir sintiendo
aunque el corazón acumule inviernos.
Y aquí sigo.
No intacta.
No perfecta.
Pero todavía capaz
de encontrar un pequeño resplandor
incluso en medio
de esta hermosa
y terrible complejidad
de estar viva.




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