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La fatiga de existir impecablemente

  • Foto del escritor: Mónica Mondragón
    Mónica Mondragón
  • hace 1 día
  • 2 Min. de lectura

Por: Mónica Mondragón


Hace años

muchos años

descubrí la fatiga de las cosas impecables.


La vi crecer

como humedad silenciosa

detrás de los espejos,

en las habitaciones donde doblaba cuidadosamente mis vestidos

y me acomodaba la sonrisa

antes de salir al mundo

como quien enciende velas

en una iglesia vacía.


Desde entonces

camino conmigo misma

como se carga un antiguo retrato:

con cuidado,

con melancolía,

con una extraña ternura.


Porque sí,

la vida ha sido compleja.


Ha tenido corredores oscuros,

días donde el alma pesa

como abrigo mojado,

silencios interminables,

adioses que permanecen abiertos

igual que ventanas golpeadas por el viento.


Y aun así,

he sido feliz.


Felizmente cansada a veces.

Felizmente rota algunas noches.

Pero feliz.


He encontrado belleza

en el café tibio de las mañanas,

en ciertas canciones lejanas,

en la lluvia golpeando los balcones,

y en la obstinada esperanza

de que algún día

este mundo cansado de sí mismo

deje de pudrirse tan lentamente

como si el mundo todavía fuera habitable.


La tristeza y la dicha

nunca fueron enemigas.


Aprendieron a sentarse juntas

dentro de mí

como dos mujeres antiguas

que ya dejaron de discutir.


Por eso, ya no reniego de la vida.


Reniego solamente

de la necesidad absurda

de volverla perfecta.


Estoy cansada

de las superficies impecables,

de las palabras cuidadosamente medidas,

de fingir que una mujer debe atravesar los años

sin grietas,

sin miedo,

sin noches vacías.


Porque incluso en mis días más felices

había algo agotado en mí:

esa vieja costumbre

de parecer invulnerable.


Y sin embargo

cada mañana regreso.


Abro las ventanas.

Riego las plantas.

Ordeno un poco el desastre.

Me peino frente al espejo.

Salgo otra vez a las calles

donde el mundo continúa ardiendo y floreciendo

al mismo tiempo.


A los treinta y tantos años

he comprendido

que vivir no consiste en volverse piedra,

sino en seguir sintiendo

aunque el corazón acumule inviernos.


Y aquí sigo.


No intacta.

No perfecta.

Pero todavía capaz

de encontrar un pequeño resplandor

incluso en medio

de esta hermosa

y terrible complejidad

de estar viva.



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