El suicidio de la esperanza
- Cámara rota

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Por: Michel Gallegos
La cena en la mesa se ha vuelto a enfriar,
como un cadáver intacto,
como el pulso helado de mi pecho
que se resiste a arder otra vez.
Mi piel, bañada en perfume inútil,
no será altar de ternura ni refugio,
sino territorio de sabanas tibias,
almohadas testigos de mis naufragios,
donde mis lagrimas repiten la rutina
de una noche que nunca termina.
Las promesas se pudren en mi oído,
las palabras se deshacen como ceniza,
y, aun así, mis venas insisten en creer,
en abrirse de nuevo a la mentira.
Suicídate de una vez, esperanza,
córtate el cuello en mi nombre,
arráncate de raíz en mis entrañas,
deja que mi llanto se convierta en fuego,
y que, de tus ruinas,
al fin, yo pueda sanar.
Árbol de granadas
Volví a la casa donde crecí
y ya no estaba.
Las paredes cedieron,
el techo se rindió,
los cuartos se volvieron polvo
y silencio,
espacios que alguna vez tuvieron sentido.
Camine entre ruinas
como quien entra a un recuerdo
con los pies descalzos.
Me dolió.
Me dio nostalgia.
Esa tristeza quieta
que no pide consuelo.
Esa sensación rara
de mirar atrás
y no encontrar
un lugar al que volver.
Y, aun así,
El árbol seguía ahí.
El de granadas.
De pie.
Como si no hubiera recibido
la noticia.
Todo alrededor caído
Y el todavía ofreciendo fruto.
Pude tomar una.
Pesaba lo suficiente
como para recordarme
que algo sobrevivió.
Tal vez yo también.
Lo que sentí no fue felicidad.
Fue otra cosa.
Una especie de calma
que no sabía que necesitaba.
Tal vez la casa tenía que desaparecer
para que yo pudiera quedarme
solo con lo que sigue vivo.
Y eso,
extrañamente,
me liberó.
A veces lo único que queda
es justo lo necesario
para seguir.
Si, naciste entre matorrales
Entre la maleza y los matorrales
te encontré.
Herido,
con una ira abrumadora
que escondía tu tristeza.
Vi esa tristeza honda,
tu carencia de amor,
y me sentí Dios.
Jugué a serlo:
intente sanarte,
cubrir con ternura y miel
lo que te faltaba.
Todos decían
que eras una bestia rabiosa.
Yo,
con los ojos llenos de amor,
solo veía
a un cachorro asustado
que aprendió a morder
para defenderse
de un mundo hostil.
Pero yo no soy salvadora de nadie,
ni mucho menos Dios.
La sangre que drené
para fabricar el antídoto
contra tu rabia
jamás surtió efecto.
Tomaste de mi sangre.
Comiste de mi cuerpo.
Y como una bestia sin nombre
arrancaste mi corazón,
aun latiendo,
con tus propias manos,
y lo devoraste
con crueldad.
Y, aun así,
Con tus ojos rojos de furia
y tus manos cubiertas
de mi sangre,
acaricie tu cabeza
con ternura
y te sonreí
por última vez.
Michel Gallegos (Torreón, Coahuila, 1994)
La obra de Michel Gallegos articula un diálogo visual complejo entre la iconografía tradicional japonesa y la expresividad matérica de la pintura moderna. Lejos de la planimetría característica del grabado Ukiyo-e, Gallegos propone una investigación sobre la tridimensionalidad del color y la saturación del gesto pictórico. En el núcleo de la obra de Gallegos presenta un diálogo profundo entre la existencia que no se limita a la contemplación pasiva, sino que muerde, lastima y conmueve. A través de sus trazos, lo cotidiano deja de ser una rutina inerte para transformarse en una experiencia visceral. Gallegos se apropia de motivos culturales codificados —la solemnidad del kimono, la cinética de los estandartes koinobori o la espiritualidad del Daruma— y los somete a una traducción técnica donde la belleza convive con la aspereza del relieve.A través de un uso intensivo del impasto, la superficie del lienzo deja de ser un mero soporte para convertirse en una topografía de óleo. La pincelada de Gallegos, densa y direccional, construye la imagen mediante la acumulación física de pigmento, otorgando a cada obra una cualidad háptica que invita a una percepción casi escultórica, reflejando así las texturas de una realidad que es, a la vez, hermosa y punzante.




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