• Esteban Ramírez

Las batallas



De nuevo en la habitación, que más que un lugar de conversación se presenta ante mi como un cuadrilátero. Dentro de estas paredes es donde presencio las batallas más atroces, a veces danza limpia que lleva a la falsedad e irritación, y debajo de la piel se esconden las palabras. Al mirar su rostro tengo claridad, aunque tan solo sea de una ficción. Sus labios moldean su voz que me alcanza dulcemente y acarician mis oídos.

- Bien, ¿qué tal la semana?


- Ha sido un poco desenfadada, el sábado salí por un par de cervezas -dije con un poco de nerviosismo y una risita azorada.


Habría querido decir que estaba esperando al martes, como los espero desde hace varios meses. Es increíble cómo esta película me tranquiliza e inquieta al mismo tiempo, mientras puedo mostrar todas mis aflicciones, debilidades y ansiedades en un mundo, en movimiento donde la rotación de la tierra pareciera dar vueltas gracias a las pisaditas conjuntas de todas las personas cual equilibrista, tratando de girar la esfera sin tropezar; soy el espectador que quisiera subir e intentarlo, pero no, tengo miedo de detener ese baile, aunque soso, es continuo. Por otro lado, mi cuerpo claramente habla, y seguramente ella se ha dado cuenta, puedo ver su risa pícara, la coreografía de sus manos, como si me mostrara un truco de magia; podría ser un imaginario o podría ser lo real, aún en el teatro se puede sentir, en cada interpretación, que somos participantes del dolor y de la vida del personaje. Eso es real, lo veo y lo siento, y no creo ser la única persona a la que le suceda, pero podría ser quien lo toma y lo hace parte de sí. Quizá este lugar sea para tirar el vestuario, al concluir, poder ser en el todo.


Probablemente, tenga que desarmar al personaje prenda tras prenda para que no me cale el frío tras desnudar mi alma. Quiero besarte, pintar mis huellas en tu cara. Una sonrisa de amor o una de pasión se esconden detrás de los colores, cual sea de ambas, puede destronar a un rey, desarmar a un guerrero o sumir al joven. Sabes que te deseo, que quiero morder tu pecho, girar el mundo con nuestros pies entre sábanas oscuras, y estás ahí, mirándome, preguntando qué sucede. Sé que es debido al pago, de lo contrario, no dirigiríamos palabra alguna al otro; ¿qué pretendes?, ¿ser una mujerzuela o un gigoló chabacano? Al final, eres solo hojas de un diario arrojado a la basura. Mientras todo se desangra en mi mente, surge tu aliento nuevamente.


- ¿Qué piensas?, ¿algo sucedió cuando saliste el sábado o te viste envuelto en una situación incómoda? Has dado grandes pasos, salir y conocer personas es importante.


- Llovió el sábado, nos mojamos y un auto nos arrojó agua sucia. Mi maquillaje se cayó. - Y saldrás de nuevo, a veces ocurren cosas inesperadas, no necesariamente malas o buenas, le damos ese valor respecto a si los resultados nos gustan o no, normalmente.


Me levanté, y te besé. Te molestaste, aún así me dijiste que nos veíamos el próximo martes. Me he desnudado, el frío cala en los huesos. Arrojé su pago sobre el diván.



Por Esteban Ramírez.


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