• Andrés Xicoténcatl

Los Bienaventurados



Andrés Xicoténcatl


PRIMER LIBRO


I


DE AXOLOTE

La clara mañana de su primera aparición, sería un labrador quien la vería llegar siguiendo el borde de las aguas con la misma inercia con que lo hubiera hecho un pequeño tronco náufrago o una rama perdida entre las ondas. Después, con consternación, ese mismo labrador vería como aquella vieja forastera de obscura piel y grueso cuerpo ponía rodilla en tierra, introducía la mano en el agua canora, cerraba con firmeza los ojos, inhalaba profundamente, y caía en una inhóspita concentración. Aquella mujer pareció realizar misteriosos cálculos hasta que, con languidez, despertó y volvió sobre el borde de las aguas hasta desaparecer rodeada del luminoso resplandor de la ribera y el fragante olor de la tierra.


Algunos días después, la extraña comenzaría a aparecer con regularidad para repetir aquel inusual ritual: nuevamente la mano en el agua, la mente surcada de presagios, el andar cansino y el regreso gentil sobre la ribera luminosa. Aquel primer labrador, impulsado por la inquietud y el siempre enervante amor a la novedad, dio aviso a los vecinos del cercano pueblo donde pertenecía, y las noticias de aquella aparición se difundieron como un relámpago entre los asombrados pueblerinos que, con las manos alzadas en acción de gracias por sacarlos de su tedio, se precipitaron hacia la feraz llanura bañada por el lago infinito. El segundo día, sólo un puñado de cabezas observó el enigma; días después, una nutrida concurrencia asistía. En tan desordenada multitud, empero, se imponía un ascético orden cuando, a lo lejos, la flotante cabeza anunciaba el inicio del hermético rito. En ese momento, a pesar de las sonrisas burlonas esbozadas por algunos mordaces, un tremor aciago se extendía cuando la extraña pasaba entre ellos, sin arrojarles la más mínima de las miradas, tal como si no existieran. Del obscuro rito lo único que variaba era el punto donde era llevado a cabo, sin embargo, era siempre el mismo: la mano arropada por las dulces aguas, la mirada vacua, la obscurísima piel titilante, la partida. No era sino hasta que la extraña mistagoga se disolvía lentamente en el horizonte que a la multitud le volvía el espíritu. Inmediatamente se tenía tanto que decir que parecía que se iban a trabar las quijadas: que si era una bruja, que si era una santa Tecla de Iconio penando en agreste desierto, que si era una antigua matrona llorando la pérdida de la Ciudad Flotante. Tanta fue la especulación y el asombro de los aldeanos, que no sólo ellos, sino hasta la magra aristocracia del lugar comenzó a asistir al críptico rito. Aunque algunos de estos roídos principales —no mejores ni en rentas ni en educación que el pueblo llano— vieron las actividades de la errante extraña con prevenida suspicacia, después de casi una treintena de días llegaron a la misma conclusión que los plebeyos. Ni maga, ni santa, ni estafadora, ni noble: una simplona y nada más.


Así pasaron varios meses, la mujer viniendo y la multitud esperando, aunque al gastarse la novedad, ésta fue mermando hasta quedar en un grupúsculo de adeptos, si bien entusiasta, muy reducido. Sorprendentemente, aún después de tantas jornadas, nadie había cruzado una palabra con la feraz figura. Hombres jóvenes hubo que emprendieron la misión varias veces sólo para regresar amedrentados por aquel ser absorto que no les ofrecía atención alguna, así estuvieran a un corto paso de separación. Se tuvieron que echar suertes e intercambiar codiciados favores para animar, por fin, al primer gallardo que interpeló directamente a la extraña. Con el corazón palpitante, el elegido esperó a una razonable distancia a que la forastera diera por terminadas sus notadas ceremonias y se dispusiera a partir con su usual parsimonia. Sus compañeros, con una mezcla de maliciosa sorna y temor, observaron como aquel muchacho se acercaba con gentilísimo comedimiento a la extraña, le hacía una pregunta que la otra respondía llanamente y ambos se separaban, uno de regreso hacia a sus ansiosos camaradas y la otra a desvanecerse nuevamente siguiendo la oblicua orilla de las revueltas aguas.


—¿Qué te dijo? —le preguntaron con curiosidad febril cuando estuvo de regreso.


El otro guardó un ceremonioso silencio y recalcando palabra por palabra respondió:


—Estoy cazando axolotes.


Un silencio súbito y tenso se hizo entre los compañeros. Pasado un volátil momento, uno de ellos, cuya cara había comenzado a enrojecer, dibujó una enorme sonrisa en su cara y dijo entrecortadamente:


—¿Axolotes?


Un estallido de hilaridad surgió entre los hombres, que arrojaron lágrimas de contento. ¿Quería decir, entonces, que el hermético ritual, que las miradas vacías, que el misterio inenarrable de la venida desde quién sabe dónde era para cazar el bicho más vulgar del valle, tan común que en el más apestoso charco crecía y se multiplicaba? A partir de ese momento, apodaron a la forastera “Axolote”, y si tuvo otro nombre ya nunca se ocuparon de enterarse. Al pregonar el hilarante absurdo por las calles, la divina Axolote se convirtió en una diversión pública. Las personas que antes acudían cimbradas de cierto etéreo temor, comenzaron a acudir cotidianamente a los rituales de Axolote llenos de risas ahogadas y dedos apuntando sin disimular, si bien todavía secretamente amedrentados por aquella extraña extraviada en el obscuro abismo de sí misma.


II


DE SU CASA


Los años de surco y arado se prolongaron junto con el espectáculo de aquella vidente descaminada. En el pueblo, excepto por una fidelísima camarilla, el asombro se desgastó hasta cuajar en una polvosa indiferencia teñida de cierto desdén. El ir y venir inhóspito de Axolote se unió al trajín animado de aquella villa que trasegaba, cultivaba y se gobernaba con el vigor y la podredumbre de una minúscula república. Aquella venturosa unión entre los misterios de la divina Axolote y la asendereada provincia sureña fue tal que incluso la llegada de la mistagoga por las mañanas se convirtió en una medida de tiempo usada por los labradores, tal como las esplendentes campanadas de la iglesia o el profundo grito del velador en la noche aullante.


Fue una mañana, empero, que aposentados en la fresca hierba, los adeptos de la divina Axolote inquietáronse cuando aquella iluminada vagabunda se demoró en su ritual más de lo acostumbrado. Con la mano enclavada en el agua, temblaban más que de costumbre sus párpados y parecía que un sutilísimo temblor recorriera su cara. Los incondicionales axolotenses se estremecieron y se levantaron de un respingo cuando vieron el bovino cuerpo de la vagabunda súbitamente espigarse y moldearse. La divina Axolote, como poseída por un ánima extraña, se dirigió con resolución hacia un árbol que balanceaba su cascada de hojas a la vera de las aguas, se detuvo frente a él como arrobada y luego, con hercúleo vigor, prensó la rama y de un cruel tirón la arrancó. La fragante rama, tronando dolorosamente, cedió y quedó balanceándose en sus manos. Luego, la divina Axolote retrocedió sobre sus pasos, la levantó en alto y con fuerza la clavó justo en el punto donde aquella vibración la había hecho presa. Aquella señal quedó completamente erguida, luciendo su melena de hojas en la claridad. Axolote, después, pareció volver en sí misma, su la cara retomó su cariz flemático, caminó cansinamente hacia la orilla del agua y desapareció.


A los pocos minutos, un ominoso silencio se erguía como una pared alrededor de aquella enigmática marca. Los rostros de los habitantes del pueblo, pálidos al aviso de los labradores vigías, habían acudido a ver semejante espectáculo. Si las discusiones hasta ese momento sobre Axolote habían sido sólo señalarla con risa atronadora, esta vez no eran sino murmullos mínimos los que salían de las bocas tiesas. Hubo quien atrevidamente dijo que quitaran la enigmática marca para jugarle una broma a la extraña. Nadie se atrevió a hacerlo: esa malhadada rama había adquirido una cualidad macabra que no se atrevieron a profanar. Los circunstantes pasaron largas horas debatiendo el significado de aquella marca que parecía una fracción misma del cuerpo de Axolote en su tosquedad y en su mudez. Largo fue el silencio, y largo el desasosiego de los que intentaron descifrar la señal. Al final, agotadas sus fuerzas por la confusión, los espectadores partieron de regreso a sus patios y sus habitaciones, pero más de uno creería ver en sueños a la divina Axolote clavando aquella rama una y otra vez, no en el agrio suelo, sino en ellos mismos.


La rama, por su parte, tampoco habría de pasar noche tranquila, pues al albor del día siguiente, una mirífica mutación había sucedido: donde ella había estado aparecía ahora una choza, surgida tan espontánea e inopinadamente como un hongo. Aquel habitáculo, guardado por una maciza puerta, era con tal oficio edificado, que dejó boquiabierta y medrosa a la multitud que a la mañana siguiente hacía anillo alrededor de él. Los que sabían de paredes y argamasas opinaban atónitos que, aun cuando la estructura y sus materiales eran de una tosquedad notable, era imposible levantar algo semejante en una noche sola y en la más cerrada de las oscuridades. “¡Magia!”, “¡Encantamiento!”, “¡Hechicería!”, opinaron algunos, “¡transgresión a las leyes de la propiedad y arbitrariedad en la ocupación del terreno!”, opinaron otros. En el momento en que todos argüían lo que tendría que hacerse, si habría de derribar la choza para reivindicar la posesión del terreno o en expiatorio acto, la puerta se abrió, pesada y flemáticamente. La melena negra de Axolote apareció, y como persiguiéndola, su torpe cuerpo. Los espectadores retrocedieron temerosos, y abrieron un canal por donde Axolote se deslizó, airosa y alegre, hasta desembocar en la orilla de las aguas. Allí, blandió un extrañísimo instrumento de su propia confección, cuya parte móvil arrojó al agua canora y quebró la superficie espejeante. Después, sólo sería un cerrar de ojos, una absoluta inmovilidad, un fundirse con la niebla danzante, un perderse en el infinito espacio de su caña de pescar y de ella.


III


DE LA PESCA MILAGROSA


A partir de ese día la divina Axolote y su divina casa, tan parecidas una a otra, no volvieron a ser inquietadas. Los habitantes de la villa, sobrepasados por la señorial indiferencia de aquella mujer que sin la menor cortesía había decidido asentarse entre ellos, decidieron dejarla tranquila. Axolote, por virtud de su arcana relación con el mundo natural, se transformó en algo ajeno al tormentoso círculo de los afanes mundanos, y sólo una vez regresó como par al reino de los mortales, cuando una mañana, se escuchó el retumbar de pasos raudos y desordenados que atravesaban los cultivos a la orilla de aquella villa del anchuroso Anáhuac. Axolote venía, extraordinariamente, corriendo desbocada, desplazando su dislocado cuerpo con una potencia arrolladora y gritando, aullando casi. Los labradores, estremecidos de emoción por ver el prodigio de Axolote en movimiento, la habían seguido hasta formar una estampida de delirio, en cuya punta la pescadora rugía y daba voces llenas de emoción. Cuando entró en el pueblo, algunos adelantados ya habían anunciado el ventarrón de gente que se avecinaba siguiendo a su ensimismada guía, y cuando Axolote entró en las primeras calles, una algarabía tenía al pueblo como poseso: las mujeres se habían volcado hacia los balcones, los hombres habían arrojado las herramientas de su labor, los niños se unían a la carrera de los labradores y entre el nubarrón de personas ahora se podía escuchar con claridad las voces que la divina pescadora derramaba de su ronca y tortuosa garganta:


—¡Axolote! ¡Axolote! ¡Axolote!


Henchida de luz y envuelta del sudor fresco y copioso que la había bañado en su carrera, llegó a la plaza del pueblo. Un súbito arremolinamiento de gentes la cubrió con un floral agradecimiento, aunque cuando estuvieron sus pies firmemente detenidos, el fragor del pueblo se volvió confuso: todos experimentaban una inaudita alegría sin saber verdaderamente por qué. La multitud, como salida de un sueño, se miró a sí misma, perpleja. Fue ahí donde Axolote, con un gesto torpe, pero de total franqueza, comunicó al pueblo que tenía algo que mostrar, pues en sus manos, sostenía un enorme bulto cubierto con un grueso paño viejo y maltrecho. Sus gritos se hicieron un hilo de voz, y casi a punto de desfallecer de orgullo, descubrió el bulto.


Inmediatamente, toda piadosa y filantrópica reflexión sobre Axolote quedaron suspendidas. En sus manos apareció, para infinito horror de todos los circunstantes, un engendro de pez desfigurado, enorme y monstruoso, nunca visto más que en libros de taxonomía fantástica o en cuentos para espanto de marineros. Aquel demonio poseía un grosor innatural de escamas, dientes mórbidamente afilados y salidos, un oleoso exterior color púrpura intenso, aletas parecidas a malogradas alas, un pestilentísimo olor y un obsceno tamaño. El conjunto de este ser, como venido del inframundo, sembró un terror en los concurrentes que se hizo mayor cuando se percataron de que uno de los malévolos ojos de aquel esperpento aún se movía. Al correr la voz, las miradas se reconcentraron en aquel punto blancuzco sobre la gelatinosidad del monstruo, cuando súbitamente, como descubierto, el engendro emitió un sobrenatural aullido, penetrante y ensordecedor, al que siguieron furiosos coletazos con los que intentó liberarse. Mientras Axolote intentaba domar su captura con la frialdad de una curtida guerrera, en el griterío se clamaba que había que devolverlo a las aguas, que había que matarlo a palos o que era una señal divina de destrucción. En ese momento Axolote puso fin al frenesí: sacó un cuchillo que llevaba en el cinto e inmisericordemente clavó la afilada hoja en la garganta del monstruo, el cual, herido de una punzada ardiente, lanzó un infernal chillido. El horribilísimo esperpento poco a poco comenzó a ceder en su diabólica pugna y al final, de la enorme herida que se había marcado en su garganta, volcó una marejada de espumantes sustancias que escurrieron hasta el piso, mientras la divina Axolote se erguiría bañada de sol, vigorosa, triunfante.


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