• Cámara rota

Los novios




Por Edy Hernández Rivera


I


Tere sacó el vestido de novia del armario, tiró la bolsita de tela con naftalina prendida a él desde hacía diez años, sacudió el polvo que lo cubría, lo colocó frente a ella y se miró al espejo. Algunos cabellos le salían de los pasadores. Disimuló sus deseos de arrancarlos y, como siempre, tal como lo hacía en la calle, los sujetó con el pasador. Volvió a mirarse: la cola de caballo le restiraba la cara. Intentó concentrarse. “Lo importante es el vestido Tere, no te distraigas, hoy es el día”. El rostro saturado de maquillaje. “¡Vamos Tere! Qué más da. Los años no pasan en vano y él lo sabe. Te ama.” El cuarto reflejaba la luz de la calle filtrada a través de las cortinas color naranja.

Quiso abrirlas “¡Epa Tere! Ya es tarde y todavía te falta preparar la comida y terminar de arreglarte.” Forzó una sonrisa, pero ese simple movimiento terminó por descomponer la estabilidad tensa de la gruesa capa maquillaje. Su rostro quedó partido en múltiples grietas, como si su piel se hubiera roto en pedazos grandes y profundos. Retiro su mirada del espejo. “Mmm, esto no está bien Tere. No puedes llorar y a ver… ¿para qué vas a llorar? Vamos. Aprieta…, Sí, aprieta más. ¡Eso es! Ya está pasando”. La gruesa cobija se arrastraba en el piso, sobre ella, el encaje de una colcha que había utilizado desde que era niña se enredaba como una serpiente en sus zapatos. Se le hizo un nudo en la garganta.

El timbre sonó. Rafael, el padre de Tere, abrió la puerta. Ahí estaba él con rosas rojas en la mano, un pañuelo blanco en el ojal de su saco y algo que parecía ser una sonrisa. A su lado, una anciana de baja estatura, vestida de negro, se abrió paso con su bastón y un frío saludo de buenas tardes. Rafael no tuvo más remedio que dejarlos entrar.

La mesa estaba servida. El pollo aún no terminaba de hornearse. Faltaba picar la verdura para la ensalada, endulzar el agua y sacar el postre del molde. Rafael entró a la cocina, se restiró la barba y el bigote. “A ver si te apuras ¡eh!, porque ya tengo hambre y estás haciendo esperar a los invitados”. Tere volvió a apretar. “¡La salsa! ¡Falta la salsa! ¿Cómo se me pudo haber olvidado?” Vio nuevamente el libro de recetas. En unos cuantos minutos improvisó con lo que había en el refrigerador. Puso puré de jitomate a calentar. Las burbujas reventaron y fueron a dar en la superficie de la estufa, por encima de la cacerola sin tapa. Rafael gritó desde la sala: “¡Teresa, a ver aquehoras!”. Tere se mordió el labio. El recetario decía 40 minutos; faltaban cinco. Apagó el fuego que hacía hervir la salsa, pero sintió que la serpiente comenzaba a deslizarse dentro de ella. Faltaban dos minutos. En la sala, el silencio se había instalado entre el anfitrión y los invitados. La abuela golpeaba el piso con su bastón, el novio parecía congelado viendo una foto de quince años de Tere y Don Rafael se rascaba la barba mientras veía su reloj. Tere terminó, tomó una franela delgada para asir la cacerola. Estaba demasiado caliente. Al sacarla de la parrilla no lo soportó y tiró la salsa. En el piso se formó una espesa mancha roja y caliente. Unas gotas salpicaron su vestido. Lo miró. La mano le ardía. “Ya casi, Tere, ya casi”. Algo comenzó a quemarse.

Ella se sirvió al final. Nada le haría perder aquel hilo que anudó pacientemente durante veinte años en los cuales paseaban por las tardes del viernes a las cinco de la tarde y el domingo a las 7 en punto para regresar a las 10 de la noche; iban al cine tomados de la mano; de regreso, sentarse en el sofá a escuchar quejas, anécdotas de la fiesta en la casa del jefe de la oficina. Ella solo pensaba en el momento en que cruzaría el marco de una puerta en brazos de su novio, por la que entraría a su nueva casa: por fin ¡suyo el televisor, suya la sala, suyo el carro, suyo el comedor, suya su vida, toditita suya!... ¡El agua en la jarra se había terminado! Miró a su padre y antes de que se moviera, se adelantó a la orden de Rafael que estaba a punto de levantar el dedo índice con el que la situaba en tiempo y lugar: “ven aquí, haz allá, hace falta limpiar, se acabó el café, tráeme las pantuflas, sóbame la espalda…” En la cocina, pasó la mano por el pedazo de tela que cubría la mancha de salsa roja. “Aquí no ha pasado nada”. Sonrió.

Después de haber terminado la comida entre solicitudes de pasar la sal, las tortillas o el agua, volvieron a lo que sabían era el preámbulo de una gran ceremonia. Rafael indicó al novio lo importante que es inculcar valores en la familia, el temor a Dios y sobre todo, nunca olvidar el respeto hacia los padres que todo habían dado por sus hijos. Rafael decía esto mientras se hundía aún más en el sillón y ponía énfasis en sus consejos sobre cómo tratar a las mujeres, movía sus manos elevándolas hacia el cielo raso. Iba a continuar pero no dijo más cuando vio a la anciana cabecear somnolienta, rendida por la digestión de la carne de puerco (estrella sustituta del pollo quemado), el licor y la tarde cálida. Tere respiró un poco, el muro está por caer pronto. Por fin seria libre.


II


“Aquí estás de nuevo Tere, con tus achaques, pero ahora valdrán la pena”. El rostro del espejo le regresó un guiño. Tomó el lápiz labial y lo pasó ligeramente. Miró el color rojo esparcirse por sus labios. Nada de que preocuparse. Son los nervios por la boda. Además, la presión del trabajo y las noches previas sin poder dormir y ahora los preparativos de la fiesta…, por fin la fiesta. Espero que esta vez no suceda algo malo. ¡No, no va a suceder nada! ¡Esta vez la vieja no lo impedirá! ¡Tranquila Tere! La señora no tuvo la culpa de enfermarse justo el día de la boda”. Sólo eran diez años de espera, las visitas al hospital, la presencia de esa enfermera que pasa día y noche al cuidado de la suegra. Sólo eso.


III


Dejó los malos recuerdos atrás. Es el día. Avanza por el pasillo de la iglesia, vestida de blanco, aún con el olor de la naftalina, tomada del brazo de su padre. Se podían escuchar los comentarios de amigos y familia que no dejaban de admirar el ejemplo de aquel noviazgo sin mancha. Como era de esperarse, el novio se encontraba al final del pasillo, pero en su rostro no había alegría; su madre se había retrasado porque había recaído. La novia terminó de cruzar el pasillo. El sacerdote les recordó que un bautizo le esperaba y no podía esperar más. Tere se dijo a sí misma que todo iba a estar bien pero el novio se detuvo y miró hacia la puerta de la iglesia. Entonces, Tere tomó con fuerza la manga del saco de su novio y lo arrastró al altar.

El sacerdote terminó la ceremonia sin grandes sermones. En sus palabras había más bien el tono de quien sella un oficio y da el trámite a la siguiente ventanilla. Los novios se besaron y salieron al patio de la iglesia entre una lluvia de arroz y pétalos de rosa. En la entrada, los esperaba la enfermera. Le avisó al nuevo esposo que su madre acababa de morir.


IV


Tere llegó al funeral. Se encontró con el rumor de sollozos en las esquinas, copas y bocadillos desperdigados entre las mesas. Vestida de negro no hallaba su lugar. Su esposo: rodeado de familiares dolientes que iban de la lágrima al vino y del vino a la comida. Vio a la enfermera al otro lado de la sala y la abrazó con fuerza.


V


En los siguientes días Tere esperó la llamada en la que su esposo avisaría el día en que podía unirse con él, en la nueva casa; imaginaba la reconciliación entre besos largos y húmedos. Pero no sucedió. Siguió esperando. Ella en la casa de su padre y él en la casa de su madre muerta. Después de algunos días comprendió que nadie le quitaba su lugar y a su esposo. Él llevaría el luto por algún tiempo más y era natural que necesitara despedirse. Había que darle tiempo. El le prometió regresar.


VI


A los tres meses, un niño toco a la puerta y le entregó una carta al padre de Tere y éste se la dio a ella. Decía que la salud de su esposo había sido afectada a tal grado que requirió de la atención de la enfermera, quien lo cuidaba ante sus constantes desmayos, pesadillas y ahogos que no lo dejaban en paz. Según la carta, Tere no merecía sufrir de esa manera. Él tenía que estar bien para iniciar su vida juntos.


VII


En los siguientes años, Tere siguió despertando por las mañanas para arreglarse el cabello, preparar y servir el desayuno y la comida de su padre, hasta que también murió. Su funeral fue de nueva cuenta la manifestación palpable de cómo un hombre puede ser tramitado y archivado sin mayores dramatismos. Tere lloró no más de lo necesario frente a la cada vez más escasa familia. Continuó saliendo a trabajar.

Los reclamos del espejo la siguieron acompañando. Un día, sin avisar, su esposo se presentó ante su puerta y ella lo recibió como el preámbulo de su propia vida que por fin iba a comenzar. Sin embargo, solo fue una visita que se repitió otros días con la rutina de antes: bancas, parques, quejas, comentarios de futbol; bancas, parques, quejas, comentarios de futbol. Ella terminó por acostumbrarse. Habría seguido así por unos años más, si su esposo no hubiera hecho una detallada descripción de los gustos de la enfermera, de su sensibilidad, su apoyo en aquellos años de duelo, su aprecio por el baile y la música, lo dulce de las líneas que trazaba su cuerpo, el atractivo de sus ojos, el confortable refugio de su piel.

Desde la cocina Tere escuchó mientras vaciaba la sopa en un plato. Su vestido blanco fue salpicado de salsa roja. Intentó borrarla con un trapo húmedo, pero al girar para buscarlo se quemó el brazo con el borde de la olla. Se recargó sobre la pared y el agua se regó por el piso. La tetera y la olla exprés emitieron un agudo y extenso grito con el que vaciaron la presión del vapor contenido. ¿Qué hacer? Sí o no, arriba o abajo, matar o morir, despertar o soñar. Decidió dejar la mancha roja de su vestido. Tomó un cuchillo y salió de la cocina. Él seguía hablando, como si la olla exprés, la tetera y el río que inundaba la cocina no existieran. Un golpe final rompió la paz que había durado siglos; una paz de efigies y montañas. Sólo permaneció el marco de una fotografía de abuelos, padres, madres, hijos e hijas rota en decenas de pedazos.


Edy Hernández Rivera.



Ciudad Nezahualcóyotl-Coyoacán

Noviembre de 2008-Mayo de 2019

29 de octubre de 2021

17 de noviembre de 2021


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