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  • Foto del escritorCámara rota

Maleza





Por Guillermo Martínez Collado


Hace tiempo vivía con una chica en la ciudad. En aquella época yo aún no trabajaba y ella era un poco mayor. Residíamos en un piso alquilado por ella, cerca de la playa. En general, la mayoría de nuestros vicios eran pagados por su tarjeta de crédito. A mí no me importaba, sabía que era atractivo y me aprovechaba de eso. Cuando algo no le gustaba y se ponía de mal humor, yo simplemente cogía el coche con la excusa de ir a buscar trabajo y desaparecía de la ciudad. Iba hacia alguna playa y me sentaba a la sombra de un árbol a leer y a fumar.


Uno de esos días que iba conduciendo por la carretera del campo de golf sucedió todo. Era casi imposible cruzarse con alguien y las vistas en el mirador eran geniales. Me puse a cambiar un CD, dejé de mirar la calzada por un segundo. Entonces noté un ruido, algo había impactado con el coche. Aparqué a la orilla y me bajé temblando. Al lado del quitamiedos un ciclista yacía en el suelo. Estaba inmóvil, su cuello mantenía una torsión imposible. Me puse nervioso. Traté de pensar qué podía hacer. Tenía miedo de que llegara alguien y me hicieran culpable de todo. Cogí la bicicleta y la tiré por la orilla de la carretera. Había muchos metros de caída que iban a dar a un frondoso matorral y a una arboleda que formaba un pequeño bosque. Luego hice lo mismo con el cuerpo. El ciclista aún estaba caliente y empapado en sudor. Al menos llevaba unas gafas de sol que tapaban sus ojos. Después de lanzar al tipo eché un vistazo. La maleza se había tragado todo como si fueran arenas movedizas.


Dejé el coche lejos de casa y fui caminando mientras no paraba de fumar. Miraba en todas direcciones, pero la verdad es que nadie me seguía. Era mi cabeza, jugándome una mala pasada. Casi todas las cosas malas están en nuestra cabeza. Los problemas, quiero decir. Al entrar en el piso vi a mi novia. Estaba tirada en el sofá. Fumaba algo de mandanga mientras veía una serie de Netflix. Puso una cara rara al verme aparecer.


-Cariño, ¿estás bien? Parece que hayas visto a un fantasma.


-Estoy algo mareado. Voy a darme una ducha.


Me desnudé en el baño y abrí el grifo. Froté mi cuerpo con una pastilla de jabón hasta hacerla desaparecer por completo. Como si eso fuera a borrar lo ocurrido. Volví al salón sin vestirme, me senté con mi chica a fumar.


-¿Qué tal las entrevistas de trabajo?¿Ha habido suerte?


-Han ido como la mierda. Hagamos el amor.


Era la solución que tenía cada vez que no me interesaba escuchar lo que ella decía. Me sorprende que pudiera, dado lo hecho polvo que estaba.


Al día siguiente llevé el coche a un taller de las afueras. Me arreglaron el rasponazo y también les pedí que lo pintaran de otro color. El tipo se disculpó, era algo que no podían hacer en el día. Temí que me vieran actuar de forma nerviosa así que me fui. Volví a aparcar lejos del piso. De camino compré unas botellas de vino y algo de verdura y carne picada. Preparé un plato de pasta para cenar que encantó a mi novia y después nos acostamos borrachos como cubas.


Los días siguientes me dediqué a mirar la prensa exhaustivamente. Como escusa, dije que estaba buscando información para una inversión. Leía las páginas de sucesos, las noticias regionales y también miraba en los buscadores de internet. Me reía imaginando lo que pensaría alguien que leyera mi historial de Google. Las últimas palabras buscadas eran ciclista, accidente, campo de golf. Resultaba muy delatador.


Y sin embargo nadie parecía tener información sobre un tipo en bici desparecido, no buscaban el cuerpo ni se había generado inquietud al respecto. Era como si aquello nunca hubiera ocurrido.


Unos días después fui al casino a participar en un torneo de póker. Aguanté las primeras manos y todo hacía presagiar una gran jornada, sin embargo me eliminaron antes de llegar a la mesa final. Aún me costaba mantener los nervios en su sitio. Volví a casa a la hora que dan esos programas de cotilleos en la televisión. Mi chica estaba tumbada en el sofá con un peta. Le di un beso en su boca con aroma a tabaco y me dispuse a pegarme una ducha, cuando sus palabras me interrumpieron.


-Es terrible lo que le ha pasado a esta chica. Terrible.


-¿Cómo?


-La pobre está sola en la ciudad, sin amigos ni familia. Su novio ha desaparecido. Salió a dar una vuelta en bici y ya nunca volvió a casa.


Miré la pantalla con atención. La cara de aquella mujer, su desesperación. Pedía ayuda a cualquiera que tuviera alguna pista. Pusieron una foto del tipo, era un muchacho extranjero unos pocos años más joven que yo. Y lo peor era que la chica estaba embarazada.


Aquella noche me volví a emborrachar. Estuve en los bares del puerto buscando camorra. Forcé una pelea con un tipo que no quería problemas y después dejé que me zurrara. Al volver a casa mi novia estaba muy enfadada por todo el dinero que había despilfarrado. Esperé a que acabara de reñirme y romper cosas. Estaba deseando dormir.


Me enteré por la prensa de que la novia del ciclista trabajaba en una cafetería de estilo retro que había por el centro. Se llamaba Pétalos. Estaba decorada como en las películas. Gramola, mobiliario de color rojo y baldosas negras y blancas. Entré y esperé a que ella me atendiera. En la solapa ponía su nombre, Molly. Tomé un café y un bollo de canela y estuve allí un par de horas.


Empecé a ir todas las tardes. Solo entraba si veía que ella estaba trabajando. Siempre pedía lo mismo, llegó un momento en que no tenía que decir nada, directamente me lo servía. Al acabar esas visitas pasaba por un supermercado que había de camino a casa. Compraba unas latas de cerveza y una botella pequeña de algún licor, y me pasaba las noches fumando y bebiendo.


Mi novia empezó a cansarse de que no saliéramos de fiesta ni a hacer cosas juntos. Se apuntó a un club de atletismo y empezó a correr todos los días. Compraba fruta y verdura y hacía zumos de color verde que olían fatal. Incluso dejó de fumar porros.


Una tarde que estaba en el Pétalos tomando ese horrible café, llamaron a la chica por teléfono. Contestó y se echó a llorar. En ese momento había pocos clientes y Molly no tenía más compañeras en el bar. No sabía que hacer. Me levanté y fui hacia ella.


-¿Estás bien?


La chica lloraba y se tocaba la barriga. Negaba con la cabeza.


-Han encontrado a mi novio.


Me abrazó tan fuerte como pudo. Sentí como me ruborizada. Llamó por teléfono y al poco apareció la encargada. Molly tenía que ir a identificar el cadáver, pero no quería ir sola. Nadie podía acompañarla en ese momento. No era de la ciudad, su familia vivía muy lejos y ninguna compañera estaba disponible. Me ofrecí a ir con ella. Las chicas me conocían de verme tomar café. En los últimos tiempos me había convertido en un buen cliente del Pétalos. Un tipo tranquilo que pasaba las tardes allí, en silencio.


La acompañé a la morgue. Fue una sensación rara llevarla precisamente en aquel coche. Los policías fueron muy amables con ella. Entró con un oficial vestido de paisano y salió muy traumatizada. El cadáver estaba en avanzado estado de descomposición. Le dijeron que su novio tuvo una caída en la carretera del faro. Había salido despedido por encima del quitamiedos y el golpe le rompió el cuello. Un accidente. Unos maderistas encontraron el cadáver por casualidad. Sentí un alivio al escuchar aquello.


Luego la llevé a su casa. Vivía en un pequeño piso del centro. Estaba desordenado. La chica se tumbó en la cama. Fregué los cacharros de la cocina, barrí el salón y limpié un poco el polvo. También recogí la ropa sucia que había esparcida por la casa y puse la lavadora. Cuando se levantó me preguntó si me importaba pasar la noche con ella. Se sentía sola, no me pude negar.


Salí a hacer una pequeña compra que pagué con la tarjeta de mi novia. Preparé una ensalada para cenar, cosa que hicimos en silencio. Luego estuvimos en el sofá, la chica apoyó la cabeza en mis piernas y se durmió. Me pasé la noche despierto, pensando en lo absurdo de esa situación.


Al día siguiente me dio las gracias cien veces. Apuntamos los teléfonos y nos despedimos. Volví al piso temiendo la reacción de mi pareja. No le dije que iba a pasar la noche fuera y había puesto el móvil en modo avión. Nada más entrar en la casa noté algo raro. Se había llevado todas sus pertenencias. Ropa, productos de higiene personal, incluso la Play Station. Había una nota encima de la mesa de la cocina donde decía que podía quedarme hasta fin de mes porque ya estaba pagado. Luego sería cosa mía seguir abonando el alquiler o irme de allí.


Conseguí unas cajas donde fui guardando mis cosas. No quería dejarlo todo para última hora. O buscaba un trabajo de verdad o volvía a mi casa con el rabo entre las piernas. Mientras tanto iba todos los días a ver a Molly. En la cafetería le dieron unas merecidas vacaciones. Empecé a ayudarla con lo que podía. Íbamos a la playa a pasear por la arena, e incluso la acompañaba al médico. Era algo perturbador, y lo paliaba bebiendo a escondidas.


Acabé llevando mis cosas a su piso como solución temporal y empecé a dormir en el sofá. Hacíamos una especie de vida de pareja en todos los aspectos menos el sexual. Antes de que acabaran sus vacaciones le pedí que me acompañara a ver a mis padres. Iba a tratar de que me soltaran pasta, y pensé que lo mejor sería ir acompañado por una tía preñada. Hicimos las dos horas de viaje en silencio, escuchando música.


Cuando llegamos a la finca se quedó maravillada. Aparcamos delante del chalet. Mi madre me cubrió de besos. Casi le dio un infarto al ver a Molly embarazada. Le conté la historia, cosa que cambió su semblante. Incluso ablandó a mi padre, que hasta entonces seguía obstinado en no hablarme. Después de comer dimos un paseo el viejo y yo. Sacó unos cigarros y nos sentamos a la sombra de un árbol. En seguida entendí que se había hecho una idea distorsionada de la situación. Era algo que me podía beneficiar, así que no dije nada.


-Hijo, pensé que vendrías a pedir dinero para seguir con tus vicios. Pero veo que has cambiado. Lo que estás haciendo, encargándote de esta chica y actuando de manera responsable, no sé, me ha hecho pensar.


-No es necesario que digas nada sobre eso.


-Quiero que me escuches. He invertido dinero en unas propiedades. Necesito a alguien de confianza para que gestione las ventas por mi. Creo que eres la persona adecuada.


Nos dimos la mano y fumamos en silencio.


Molly dejó su trabajo y nos fuimos a vivir a un bonito piso que tenía vistas al puerto. Yo me iba a trabajar por las mañanas. Aunque era muy aburrido, el trabajo era sencillo y ganaba mucho dinero. En realidad la parte complicada ya estaba hecha. Por las tardes íbamos a pasear con alguna de sus ex compañeras y bebíamos infusiones o refrescos sin azúcar.


Todo el mundo estaba orgulloso de mí. Mi familia, mi nueva pareja, mis nuevos amigos. Todos menos yo. Sabía que todo estaba cimentado en una horrible mentira. Una mentira cuya naturaleza hacía que me consumiera por dentro, que tenía a todos lobotomizados y les hacía ver lo que deseaban, y solo esperaba que cuando naciera el bebé tuviera las fuerzas necesarias para seguir mintiendo.


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