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San Juan

  • Foto del escritor: Guillermo Martínez Collado
    Guillermo Martínez Collado
  • hace 3 minutos
  • 5 min de lectura

Por: Guillermo Martínez Collado


Había decidido no currar ese verano. Así, sin darle más vueltas. Llevaba años encadenando bares, turnos partidos, madrugones, noches de mierda, y pensé: “mira, que le den”. Que, si no paraba ahora, no paraba nunca. Que quería hacer cosas que siempre dejaba para “cuando tenga tiempo”. Luego llegó el tiempo y me di cuenta de que no sabía qué cojones hacer con él.


Me levantaba tarde, hacía café y lo dejaba a medias. Me quedaba mirando el móvil como un idiota, pasando el dedo sin leer nada. Me decía que iba a caminar, a leer, a ponerme en forma, a hacer vida. Pero al final siempre acababa igual: una lata, un porro, un bar, otro bar, otro porro. Y el día se iba a la mierda sin que yo hiciera nada para evitarlo.


Y lo veía, eh. Lo veía clarísimo. Y me daba asco. Pero tampoco hacía nada. Como si estuviera metido en un barro del que no me apetecía salir.


Un día intenté ordenar la habitación. Abrí un cajón. Había cosas que no recordaba haber guardado: una camiseta suya, un mechero, un papel arrugado. No lo abrí. Lo dejé encima de la cama. Me tumbé un momento y me desperté cuando ya era tarde. Guardé todo sin mirarlo. Cerré el cajón y no volví a abrirlo.


Cuando llegó San Juan, los colegas empezaron a escribirme desde por la tarde.


—Tira, cabrón, que hoy se sale —decía Jairo—. No vengas con excusas de parado profesional.


 —Hoy se bebe como si el Sporting fuera líder —ponía Iván. 


—O sea, nada —respondí. 


—Tú ven —dijo Jairo—. Si te quieres pirar, te piras. Pero ven.


Yo no quería ir. Tampoco quería quedarme en casa. Tenía la excusa del INEM. Debía ir a la mañana siguiente a sellar el paro. Esa posibilidad de largarme cuando quisiera me daba tranquilidad. Así que salí.


Los encontré cerca de la carpa, bajo una lona de plástico. Ya iban finos. Tenían botellas de sidra esparcidas por el suelo y manchas de kalimocho en la ropa. Jairo con la camiseta del Sporting y el nombre de Trump en la espalda, como siempre que quería hacerse notar. Rubén fumando algo que olía a demonio. Iván con esa sonrisa de quien se ha colocado antes de tiempo.


—Míralo, el prejubilao —dijo Jairo, chocándome el puño. 


—Tienes peor cara que el Oviedo en un derbi —añadió Rubén.


 —Eso es imposible —dije. 


—Correcto —respondió Jairo—. Lo del Oviedo es tragedia griega.


Se rieron. Yo también, un poco. Nos quedamos allí, bebiendo, viendo cómo la hoguera crecía. El calor era raro, pegajoso, como si te empujara hacia atrás. La gente saltaba, gritaba y se empujaba. Nosotros no. Nosotros mirábamos desde un lado, como si estuviéramos viendo un partido que no nos importaba.


—¿Te acuerdas del año que…? —empezó Rubén, pero Jairo le soltó un codazo. 


—Calla, hostia —le dijo. 


—¿Qué? —pregunté.


—Nada, tonterías —respondió Jairo, sin mirarme.


No insistí. Sabía de qué hablaban. O de quién. Bebimos más. Fumamos un poco de mandanga. Hablamos de fútbol, de curros de mierda, de gente que nos caía mal. Lo normal. Cada vez que alguien rozaba un tema peligroso, cambiaban de conversación rápido. Como si yo fuera un cable pelado.


—¿Y vas a volver al bar este verano? —preguntó Rubén. 


—Ni puta idea —dije. 


—Mejor que no —dijo Jairo—. Te explotaban más que a un central del Madrid.


Reí. No porque tuviera gracia. Porque era más fácil que pensar. A la una la hoguera seguía enorme. La gente tiraba papeles, fotos, cosas que querían quemar. Yo no tenía nada que tirar. O sí. Pero no lo llevaba encima.


—Venga, tira algo —dijo Jairo. 


—No tengo nada —respondí. 


—Tira la camiseta esa, que huele a muerto —dijo Rubén. 


—Tiraos vosotros —dije.


Se rieron. Noté que me miraban de reojo. Como si esperaran que hiciera algo. Como si quisieran que soltara algo. 


En algún momento me separé de ellos. Me metí entre la gente. Había un grupo bailando, otros gritando, otros discutiendo. Me arrimé a unos que parecían más colocados que yo. Estaba el Cuco, que me ofreció una raya sin decir nada. Me quemó la nariz. Me dejó la cabeza rara, como si me hubieran abierto una ventana y entrara aire frío.


—¿Quieres más? —me dijo el tipo. 


—Sí —respondí.


No lo pensé. Pillé un par de gramos. Bebí más. Fumé más. Me apoyé en un árbol porque las piernas me temblaban. La música sonaba lejos, como si estuviera bajo el agua. La hoguera ardía detrás de mí. Sentí el calor en la espalda. No sabía si era agradable o insoportable.


Vi a mis amigos a lo lejos. Me estaban buscando. O eso creí. No fui hacia ellos. No quería que me vieran así. Me quedé con aquella gente un rato. Uno me habló de un ex que le había jodido la vida. Otro decía que la hoguera limpiaba todo. Todos parecían convencidos de algo.


En algún momento me entró un mareo raro. No de vomitar. De desaparecer. Como si me estuviera despegando de mí mismo. Me alejé sin decir nada. Caminé sin rumbo. El fuego quedaba atrás. La música también. El ruido se apagaba. Me quedé solo.


Volví a casa sin pensar en el camino. Solo me hastiaba el olor a humo pegado a la ropa. Me acosté sin quitarme la camiseta. Dormí mal. Me desperté varias veces sin saber dónde estaba.


A la mañana siguiente tenía que ir a sellar el paro. Me levanté tarde. Me dolía la cabeza. Me dolía todo, en realidad. Me lavé la cara. No desayuné. El cielo estaba gris. No había nadie por la calle. Fui a la estación y cogí el tren a Llanes.


El INEM estaba casi vacío. Me senté en una silla de plástico. Esperé. Cuando salió mi número, pasé a la mesa. El funcionario era joven. Tenía una expresión alegre, como si nada le pesara. Me pidió el DNI. Tecleó. Me hizo varias preguntas. Todo normal. Hasta que dijo:


—¿Y tu pareja de hecho sigue siendo…? —miró la pantalla— ¿…Blanca San José?


Sentí como si me hubieran vaciado por dentro sin avisar. Me quedé callado. Él levantó la vista. Esperaba una respuesta. Intenté hablar. Abrí la boca. Nada. Ni una palabra. La garganta cerrada, como si alguien hubiera apagado un interruptor. El funcionario me miró un segundo más. Y dijo, muy despacio:


—Entiendo.


No lo dijo con pena. Ni con lástima. Lo dijo como quien reconoce una grieta. Asentí. Solo eso. Un gesto mínimo. Él tecleó algo más.


Cuando salí a la calle, el cielo seguía gris. Caminé sin rumbo. No sabía dónde ir. No tenía ganas de volver a casa. El olor a humo de la noche anterior seguía en la ropa. Me apoyé en una barandilla. Miré el agua, que fluía despacio. Me quedé allí un rato, no sé cuánto. Luego seguí caminando. No porque quisiera ir a algún sitio. Solo porque no podía quedarme quieto.





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