Una flor muerta
- Alejandro Piélagos Romano

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Por: Alejandro Piélagos Romano
Una lágrima recorrió su mejilla derecha y se descolgó de la barbilla entregándose a los designios del azar, que no eran otros que estrellarse contra la chapa caliente de la cocina y evaporarse.
A las seis de la mañana encendió la cocina y puso en una esquina la pota de la fabada que había hecho el día anterior. Coció patatas y huevos para las ensaladillas, hizo dos tortillas, empanó filetes para un regimiento y peló y cortó una fuentada de patatas que dejó en agua, listas para freír.
El hijo díscolo llegó a casa con un pan bajo el brazo, el que le acababa de dar el panadero en la puerta. Se ofreció a ayudarla y ella lo mandó a dormir la mona. El padre, que tampoco lo hizo mal en la víspera, se levantó a las once y según se incorporó en la cama volvió a acostarse porque todo se movía. Algo le había sentado mal de la cena, decía. Ella, sin decir nada, abrió las ventanas para expulsar el olor a destilería. El hombre se aseó, tomó sus medicinas, desayunó y se vistió. Le dijo a la mujer que iba para la plaza porque tenía que recibir a los mariachis y le preguntó si pensaba ir a la misa. Ella mintió diciendo que iría cuando llegasen la niña con los críos. Desde la ventana de la cocina lo vio alejarse con el traje reluciente que ella le había planchado y perfumado, los zapatos encerados y la flor en la solapa. Una flor muerta, pensó ella.
Llegó la niña, con sus aires de diva influyente, los críos de punta en blanco y el marido embutido en unos pantalones imposibles de vestir y de mirar, enseñando los tobillos como mandan los cánones de la moda. Casi a la vez llegó el hijo no díscolo con su mujer oculta tras unas gafas de sol que le daban aspecto de mosca y el niño que no quitó los ojos del aparatito que traía ni para saludar, de lo cual uno podía deducir que el chaval se guiaba por ecolocalización.
Los niños corrieron hacia la abuela, hasta el de la ecolocalización que, al verla, tiró el aparatito al sofá y corrió hacia ella. Le contaron un sinfín de batallas los tres a la vez y al poco ella volvió a la cocina. Los padres le preguntaron si quería ayuda y, para alegría de ellos, les dijo que no. Si quisieran ayudar se arremangarían sin preguntar, pensaba ella. Acto seguido salieron todos para la plaza de la iglesia donde les esperaban caballitos, vermut, procesión y fotos para las redes sociales, no vaya a ser. Allá se reencontraron con sus vecinos de siempre a los que aburrían con sus anécdotas de aldeanos ascendidos a gentes de ciudad.
Los vio marchar igual que al marido, a través de la ventana de la cocina y con esa pregunta en la cabeza; que si necesitaba ayuda. ¿Cómo no la iba a necesitar? ¿Se habían planteado siquiera dónde iban a comer? Porque no había ninguna mesa puesta. ¿Se habían ofrecido a hacer algo? Ni que la fiesta del pueblo les pillara de sorpresa, como si no llevara celebrándose en la misma fecha desde tiempos inmemoriales. Ni una mísera barra de pan habían traído. Estos con perfumarse y acicalarse ya tenían bastante, el hijo díscolo con sus juergas de varios días y el padre con sus aires autoritarios de latifundista medieval. Todos estaban ocupadísimos.
Cómo habían cambiado las cosas desde aquellos días en que los niños eran pequeños y aún vivían sus padres, sus tíos y su difunta hermana, a la que lloraba cada noche. En aquel entonces la casa era una comunidad donde todos aportaban y los días de la fiesta eran fiesta para todos, aunque tuviesen su parte laboriosa porque «los probes nun tienen criáos», decían los mayores de entonces. Si hasta el marido ponía su grano de arena, ya que siempre se jactó de diestro marisquero y pescador aportaba calamares, pulpos, xáragos o lubinas que él mismo limpiaba y preparaba en la plancha de gas. Su padre mataba unos pollos y su padrino se encargaba de los embutidos, los quesos y la sidra. Los tíos de Bélgica, que siempre venían para la fiesta traían cajas de vino y chocolates praliné. Su madre y sus tías comandaban la cocina y ella y su hermana hacían de todo. Tras la comida sacaban los garrafones de anís, las panderetas y cantaban y bailaban hasta no poder más.
Pero el tiempo arrasa con todo. Los mayores fueron cayendo y los que llegan detrás portan novedosas costumbres y ya nadie mata pollos, ni va a la mar a por pulpos, ni mayan, ni hacen quesos. Van al supermercado y se aprovisionan de un montón de cosas envueltas en plástico. Los tíos de Bélgica murieron y los hijos no sabrían señalar el pueblo en el mapa.
Ese camino decadente la llevó hasta aquel día en que salió de la cocina y se encontró con una montaña de ropa y juguetes ocupando el centro de la mesa donde tenían que comer y que nadie se había preocupado de desplegar. Cerró los ojos y respiró hondo. Despejó la mesa, la desplegó, la limpió, puso el mantel y colocó la vajilla buena, las copas y los cubiertos.
Sonó un volador que la asustó, miró al retrato de sus padres que colgaba de una pared y sonrió. Sacó del armario la botella de whisky que más polvo tenía y pegó un lingotazo. Se atragantó y tosió, pero echó otro y otro. Cogió un bolígrafo y papel y escribió una nota que decía «Que aproveche, solo os queda freír las patatas y los filetes. Calculo que entre todos seáis capaces» y la dejó sobre la mesa. Cogió las llaves del coche y, con lo puesto, dio los primeros pasos hacia la libertad. Abrió la puerta y, sin soltar el pomo, la invadió el recuerdo reciente del abrazo de los críos, el ímpetu con que le contaban las cosas, el brillo de aquellas miradas inocentes, la maquinita que el niño de la ecolocalización arrojó al vacío al verla. Esa sensación de que esos locos bajitos, aún sin contaminar por los venenos de la vida adulta, la necesitaban y la querían. Ese recuerdo se abrió paso entre los vapores del whisky y le anudó el estómago. Apretó los labios, cerró la puerta desde dentro, cogió la nota, la tiró al fuego de la cocina, se sentó en una silla y lloró hasta acabar todas las lágrimas del mundo.




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