• Esteban Ramírez

Yo contigo



Llegas a la mesa de la terraza junto a los crisantemos, siempre ha sido mi lugar favorito. Café y un panqué de mantequilla, aromas que me vuelven loca en aquel rincón donde una suavidad acoge a mi alma. A veces me pregunto cómo alguien como tú lleva puestas sus camisas arrugadas y sus zapatos tallados, ¿será pues tu carácter de un viejo que lleva su historia en la mirada, pero también es sus ropas? He pedido a la Virgen este día el poder mirarte, por lo menos agitar el café al mezclar la crema como en Boca del río. Nunca he visitado ese lugar, pero "Benua", el francés con el perro peludo, me lo ha dicho, así que imagino que tus manos agitan el mar para que las mareas se abracen.


Los días en que te veo ahí sentado me salen fuerzas, o quizá me las concedan los Santos para estar más cerca del cielo. No me conformo con levantar los platos sucios del comedor y sus pisos, también salgo a limpiar el polvo de la terraza aunque me lleve las huellas de tus zapatos. Es un gusto y tormento pasar a tu lado para escucharte al saludar, esa voz áspera que nace de tu garganta lacerada por el tabaco, y esa sonrisa con tus dientes amarillos; creo que tu piel tostada por el sol y tus manos de piedra hacen un jardín completo. Yo no soy una mujer mala, no quiero causarte problemas, es solo que mi pecho te canta, lo podrías escuchar si te acercaras lo suficiente, con sonidos bajos como los del contrabajista de los viernes. Acércate y verás como te envuelve. No soy una mujer mala, siempre te llevo en mis pensamientos, rezando porque te vaya bien todo el tiempo, que no falte el pan de mantequilla y que el chico de la barra no se le haya quemado el café. No es que sea tonto, es buen muchacho, es que es distraído, además de que hay mucho trabajo aquí. Quiero que tengas una semana con mucho trabajo para que las noches las pases con un placentero descanso.


No deseo mal, trato de evitarte problemas. Sé que te esperan en casa, y espero que el sonido de las guitarras ligeras y una luz mediana te den paz. Soy tranquila, sé que Dios tiene a alguien para mí, aunque si fueses tú, estaría más bendecida. No pido caridad, no exijo tu presencia en las mañanas, aunque estoy segura de que tendría planchadas tus camisas, viejas sí, pero planchadas. Yo no sé qué es el amor, aquí hablan mucho sobre eso y la pasión, quizás se me han quedado grabadas algunas palabras de los jóvenes que intentan conquistar corazones. Yo no quiero realizar una conquista, no quiero guerra, más quisiera que aceptarás mis atenciones y las hicieras tuyas. No pretendo que me desees, el tiempo de la emoción ha pasado, prefiero un beso lento y amargo, prefiero la locura, prefiero la eternidad. Sé que estás casado, alguna vez me lo dijiste. Yo soy muy tranquila, hago mi trabajo, no quiero causar problemas. Limpio el lugar y tomo el autobús para ir a mi casa (a las carreras tomo un segundo autobús). Claro que me canso, pero me gusta mi trabajo, me gusta servir; llego a casa y ceno algo, no soy una gran cocinera, pero sé preparar la cena con pensamientos, con bailes y una sonrisa. Prefiero los tés con miel en las noches y por las mañanas café de olla, claro, en una de barro, ¿qué esperabas? Antes de dormir rezo nuevamente por ti, te llevo en todas mis oraciones. ¿Lo ves?, no soy una mujer mala, aunque no estés ahí, estoy yo contigo.


En mi saludo nervioso puedo preguntarte como una niña que se asoma detrás de la puerta que espera no ser descubierta.


- ¿Cómo le va don Luis?


- Muy bien, Martha, muy bien. Hoy les quedó muy bien el café, y digo les quedó porque de la extracción al sorbo hay un largo camino, así que todos ustedes lo hacen posible.


- Gracias, no solo somos nosotros, es que le he pedido a los Santos tuviera el mejor café.


- Muchas gracias, sin duda ellos han hecho posible esa danza que han hecho.


- Sí, bueno, tengo que seguir con el trabajo. Qué bueno que nos visita don Luis.


- Yo también, me esperan en casa, ya me han marcado tres veces, pero un día como hoy no está completo sin mi café.


- Ah, qué bueno, don Luis. Apúrese, no me lo vayan a dejar en la calle – Con un nudo, apenas pude decir palabra.


- Lo bueno es que los gatos no saben usar las llaves, nos vemos, Martha – Dijiste con una breve risa.


Te vi alejarte, ya eres un poco lento, pero me gustan los jardines completos.


Entradas Recientes

Ver todo

El onanista