Quietud
- Aarón Tenorio

- hace 17 horas
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Por: Aarón Tenorio
El muelle se extiende hacia la laguna como si esperara algo que no llega. No hay nadie, pero la cuerda atada a los postes guarda la memoria de un nudo recién deshecho. Frente a él, el agua es una lámina azul turquesa que no se deja traducir del todo: cambia con cada nube, con cada suspiro del viento, con cada parpadeo. Nada se mueve. Pero todo vibra en silencio.
La superficie apenas ondulada refleja un cielo fragmentado, roto en mil azules; uno claro y alto, otro denso y lento, uno más que no sabe si traer tormenta o sombra. Las nubes pasan con la gravedad de los pensamientos que uno no quiere tener, pero que se quedan ahí, flotando…
Cierro los ojos. El sol me atraviesa sin violencia. Hay un calor sofocante, pero no hay fuego. Siento que la humedad lo envuelve todo: piel, ropa, y respiración.
El silencio no es total, pero sí profundo. Apenas se oye una embarcación en el extremo opuesto de la laguna, como si viniera de otro tiempo. El agua no habla, pero observa, y el muelle no lleva a ninguna parte. Y yo, que solo vine a mirar, me descubro más ligero que cuando llegué.
El color azul turquesa del agua me devuelve algo que no sabía que había perdido. Cuando abro los ojos, una garza cruza el cielo. La luz se ha desplazado apenas, como si todo hubiera respirado una vez. La laguna permanece igual, pero ya no es la misma.
Tampoco yo.




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