• Esteban Ramírez

Risas y rosas



Volví al mismo sitio donde se encontraban las risas y las rosas, a aquel lugar donde se olían los recuerdos y las pasiones me abrazaban. Volví a la codicia indomable, sintiéndome fuerte una y otra vez, mis huellas en el fango se habían desvanecido, sin embargo, la luz que nos miró en aquel momento seguía perpetua, como perpetua es tu voz. Al ritmo de las nubes, el silencio se desvaneció y tras ellas solo quedó un sinfín de sueños en mi corazón. La conciencia de mis pies descalzos, mojados y un poco raspados por las ramillas y piedras del lugar, anunciaban que la llegada de mi ser sería solo un vaivén de las mismas olas, no es más que un instante en los que los recuerdos se construyen, en el que nacen los deseos y los amores se abren. No duran las horas ni los días, mientras mi cuerpo se desarma y mi alma se diluye entre fango y el ocaso. Hoy no soy viejo ni joven respecto a nadie, mis ojos solo pueden ver tus llamas y tus cielos arder, mientras te aferras a enaltecer un velo sobre los techos de lámina; han de ser las risas y rosas quienes queden a ras de alud, en un lejano hecho que ahora es la copia de una caída implacable. La locura vive en un pozo frío y rozo, desde las tres hasta las seis.



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