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  • Frida Cartas

Todos los días, en este país





Frida Cartas


Todas las mañanas, en este país, alguna madre llora cansada

y sin consuelo, por su hija asesinada,

que ya no abraza, que le fue arrebatada.

Hay un hogar destruido,

en este, el país que sangra, que agoniza entre la narcoviolencia

y la complicidad de un Estado feminicida, misógino y clientelar.

De modo que, en este contexto,

llorar sin consuelo, cada día, porque tú ya no me amas,

resulta una banalidad.

Pero soy banal, y en mis ojos la lluvia no para.


A diario en México, una familia entera ahoga los gritos de dolor,

por sus desaparecidos,

que ya no abrazan, porque el crimen organizado

y los militares se los arrancaron,

llevándose con ello no sólo a la luz de sus ojos,

sino una parte de sus corazones,

mermándoles la vida para siempre.

Sus tesoros no están.

Y este país sangra.


Un país, con las venas abiertas de cara a una herida,

que no sutura con nada, y agoniza una vez,

y otra vez, lento, más lento, fuerte y lento,

porque el tiempo se acaba y no queda más,

para llorar y para buscar.

Es una tortura.

De modo que, levantarme todas las mañanas,

pensando en ti, y romperme irremediablemente por tu olvido,

sobreviviendo tu abandono,

en este país herido y sangrante, es una frivolidad.

Pero soy frívola, y me siento perdida, y desierta sin ti.

Estoy herida, mi corazón también sangra.

Y el tic tac, tic tac, del inclemente reloj en contra,

de mi cabeza, no ayuda, ni cura,

cada momento mi corazón se desmorona de a poco,

y te extraño más,

y más, y más.

Me duele.


Todos los días, en las afueras de este deplorable sistema público

de salud, que los gobiernos nos otorgan más

como limosna, que como un derecho humano,

cientos de familias aguardan con el corazón en la boca

por la salud de sus seres queridos, esperan pacientes,

y a veces impacientes, por un milagro,

para volverlos a ver y abrazarlos.

Aunque algunos ya no saldrán de esa cama,

vieja y fría, que les pudrió el cuerpo,

y mató las esperanzas.

Cada día aguardo en mi cama, en la misma posición fetal

que se ha convertido desde tu partida, mi lugar de refugio,

sin desear salir de aquí,

porque no hay dentro de mí más energía ni alegría,

y sólo deseo volver a verte y abrazarte.

Estoy enferma.

El cuerpo se me pudre de dolor, y de cansancio.

Dueles.

Te lloro.

Sin esperanza, calas hondo, una vez, y otra vez,

y otra más, más hondo.


Todos los días, en este país, millones de familias

sobreviven ingresos de mierda para tener qué comer,

y cómo mantener a sus seres queridos.

Hacen milagros y no se quejan.

Se han acostumbrado, por fuerza,

a la precariedad.

O han aprendido a sortearla.

Y yo no sé cómo carajos olvidarte.

Porque aunque nadie se muere de amor,

Yo me estoy muriendo, y no quiero sentir más esto,

no puedo hacer milagros para que estemos juntos,

de nuevo, como antes,

en ese nuestro búnker, simbólico y físico, contra la injusticia,

y la podridez del mundo.

Porque sigo creyendo firmemente, que amar aquí, y amar ahora,

es una revolución impostergable contra un mundo lleno de odio,

de carencias, e injusticias.

¡Pero tú ya no me amas!


Todos los días, en este país, miles de personas

despiertan en una prisión sin saber por qué están ahí,

qué hicieron, lejos de los seres que aman,

y no comprenden la injusticia ni el abuso,

de modo que, en este contexto,

hablar de la injusto que fue abrirte mi corazón,

y que no me amaras de la misma forma,

y con la misma intensidad, resulta una reverenda estupidez.

Pero soy estúpida, por amarte.


Y sin embargo, te amo.

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