• Karla Cruz

Una obra de arte



Estaba formado delante de mí, en el museo de Bellas Artes, estábamos por iniciar el recorrido y lo miré. Él era como una obra de arte, de esas que miras por primera vez, no la entiendes y te preguntas, ¿por qué los demás le llaman arte?, te desconcierta y tal vez te genera rechazo. Pero por alguna razón yo lo continué mirando.


Segundos después, hubo algo en sus ojos que me generó cierta curiosidad, observé con detenimiento, comencé a notar ciertas características físicas muy agradables, y de pronto, toda mi atención ya estaba en él, mi mente ya lo estaba analizando como a una obra de arte.


La imagen central era su rostro, en equilibrio perfecto, sus ojos fueron el punto donde comencé a recorrer su obra. Su mirada estaba perdida, pero eso no significaba que estuviera vacía, necesitaba dirección, tal vez estaba buscando un camino.


Los elementos que hacían maravillosa su existencia estaban todos dentro de aquella imagen, sus pensamientos y el mundo que habitaba en su cabeza formaron una energía centrípeta que atraía todo a su alrededor, de tal modo y tan fuerte que no pude dejar de admirarlo ni un segundo. Sus colores eran neutros y no alteraban la composición de la escena, el contraste, era esa luz que le daba brillo a su piel.


Finalmente, me entregué a él, a su arte, lo admiré, disfruté y entendí. Engrandecí su belleza, me transmitió su empatía, me acompañó y me abrazó, todo sin siquiera haberse enterado de que yo existía.


Como toda obra de arte, lo dejé en el museo, y me llevé bien grabado su recuerdo.


Ojalá algún día lo vuelva a ver, y si no, lo buscaré en la música, en la pintura, en el cine, o en los libros, y sé que lo encontraré.

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