• Julio Montejo

La cosecha: Parte 2



Al final del pequeño y humilde altar solo quedó el gran crucifijo tirado en el suelo. doña María, después de ese día, no comía ni bebía, estaba dejándose morir para acabar con la vida miserable que tenía con don Tomás, así pues, la gente del pueblo se compadeció de ella y comenzó a visitarla, pero era en vano, estaba decidida a dejar este mundo y parar de sufrir.

Don Tomás, por otra parte, se convirtió en el borracho del pueblo y cuenta la leyenda que un día por tener tantas deudas lo corrieron a patadas de la cantina. Estando sobrio y desperado por dinero pensó entonces en vender su pequeño huerto y su casa, mientras su esposa se dejaba morir.

De regreso a su casa (nos cuentan hasta estos días), el mismo don Tomás vio a lo lejos que se acercaba una procesión con gente del pueblo, estaba obscuro y él, para no enfrentarse con ellos, se ocultó entre unos matorrales. Entre la maleza no podía ver con claridad, pero escuchaba grandes carcajadas. Cuando pasaron delante de él se iluminó por completo el camino hasta casi cegarlo, las personas que iban al frente iban felices y con gran algarabía, llevaban entre sus manos velas y mucha comida. Dentro del bullicio las personas hablaban de lo bien que les había ido ese año.

Don Tomás sintió rencor, odio y la sangre le hirvió. Amargado y sintiéndose asqueado al ver cómo presumían esas personas su buena fortuna, estaba a punto de salir para maldecirlos, pero por temor a ser golpeado entre todos dejó que pasaran unos cuantos. Así, casi al final de la procesión, justo cuando iba a salir, escuchó que los pocos que venía al final de la caminata estaban llorando amargamente. Fue muy extraño para él en ese momento y no supo qué hacer, así que se quedó oculto en el matorral… lo realmente terrible fue que al asomarse para ver por qué lloraban tanto, vio entre los claroscuros que una de esas personas era su hijo Pedro, quien solo cargaba un crucifijo.


Al principio pensó que estaba alucinando, se frotó los ojos para observar mejor, pero al fijar bien su mirada, un escalofrío recorrió su cuerpo tembloroso. Al darse cuenta de que, en efecto, eran las ánimas que regresaban al purgatorio o a cuál sea que sea su lugar de descanso, se quedó callado y congelado por el miedo, realmente estaba atónito, no podía creer lo que sus ojos vieron, y menos que su adorado hijo anduviera llorando como si fuera un alma en pena, cargando solo un gran crucifijo en la mano, junto a un pedacito de vela que estaba a punto de extinguirse.


Era claro que su alma sufría por la desgracia de sus padres, pero tras él venían otras personas que ya no llevaban nada, solo un ataúd y velas encendidas, para alumbrar su camino. Hoy en día se cree que eran las almas en pena o las ánimas solas (muertos quienes no tienen familias que los reciban en casa ni les coloquen ofrendas).


Entre su confusión solo logró escuchar otra voz muy débil y familiar, pero en ese momento solo tenía en mente la imagen de su hijo sufriendo por sus actos. Esperó hasta el final y vio desaparecer entre penumbras a todas las almas, rápidamente corrió a su casa a contarle a su esposa que desde ese día todo iba a cambiar, que jamás la haría sufrir más.


Desgraciadamente cuando llegó, encontró a su esposa muerta, estaban velándola los vecinos de todo el pueblo que llegaron cuando se corrió el rumor de la terrible muerte por inanición de doña María; él comprendió entonces que esa voz débil era la de su esposa.


Don Tomás esta vez aprendió una lección aún más severa, entendiendo que no se puede vivir y sufrir para siempre la desgracia de un evento desafortunado. Se tiene que seguir adelante, respetar las creencias de los demás y no ser egoísta al pensar que nuestro dolor es mayor que el de los demás.


Al final falleció don Tomás, quien dedicó sus últimos años de vida a servir a los demás y contarles a todos en el pueblo que la llegada de los muertos es ocasión para reunir a la familia y recordar con alegría a los que se fueron primero.


Como contador de historias solo redacto lo que desde niño escuchaba de mis ancestros. Mis padres siguen con la tradición de los altares donde se les ofrenda comida a los santos difuntos, se colocan velas y flores que después son repartidas a todos lo que acuden a los rezos. Se cree que cada ánima toma la esencia (olores y sabores) de lo que se le ofrendó, dejando lo material para gozo de su familiares y amigos que se reúnen para festejar y recordar con amor la vida del difunto. En mi casa, como símbolo de empatía y respeto se acostumbra a colocar también un vaso de agua, un poco de comida y una vela siempre encendida junto al altar, para aquellas personas que se les conoce como “ánima solas” que son almas que no tienen familiares que guíen su camino y son olvidadas con el paso de los años.



Por Julio Montejo.


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30 de abril