• Julio Montejo

Leyendas urbanas de mi pueblo



La cosecha: Parte 1.


Vivimos en pueblos con tradiciones y culturas muy marcadas, cada vez que intentamos analizar las cosas más objetivamente nos adentramos a un mundo completamente desconocido, surrealista y enigmático.


La historia que hoy les vengo a contar, mi bisabuela se la contaba a mi abuela, mi abuela a mi madre, mi madre a mí y así pasará de generación en generación en mi comunidad, pero hoy quiero compartirla con ustedes.


Cuentan los ancianos de mi pueblo que, en los meses de cosecha, normalmente entre octubre y noviembre cada campesino recogía sus frutos o llevaba a la iglesia del pueblo sus mejores productos, estos eran bendecidos y posteriormente se repartían toda esa comida entre todos los miembros de la comunidad con la finalidad de que todos tuvieran un poco de cada fruto o animal criado durante el año.


Como en toda historia, nunca faltaban aquellos que nos les parecía justa la repartición del fruto de su trabajo, sin embargo, tenían que cooperar porque necesitaban de los demás frutos y animales que ellos no tenían.


Así, aparece don Tomás, un señor muy trabajador que tenia un solo hijo llamado Pedro y su esposa María. Cuando llegó el día de la ofrenda de las cosechas, toda la gente vestia sus mejores ropas para aquel evento que, sin duda, era motivado por la fe y la buena voluntad. Sin embargo, para don Tomás era algo absurdo y muy religioso, por lo que decidió mandar a su hijo a buscar solo a los animales más flacos y los frutos más secos para llevarlos a las famosas ofrendas de muy mala gana.


Pedro obedeció a su padre, recogió primero los frutos secos, pero entre ellos eché algunos buenos; eligió posteriormente a las gallinas más flacas, pero tomó una de buen tamaño y la echó al morral (saco o bolso que utilizan los campesinos para recolectar).


Al final llegó donde estaba el “chiquero” de los cerdos, en el cual doña María, quien era muy creyente de la bendición de las ofrendas, había criado una enorme criatura para ofrecerla ese año. Dicho animal incluso había tenido hasta 8 cerditos de más.


El pobre Pedro, al querer agarrar a uno de los cerdos pequeños como su padre le ordenó, solo alcanzo a ver unos ojos rojos como el fuego cuando fue embestido brutalmente por el gran animal que defendió a sus crías.


Al pasar las horas y percatarse que no llegaba su hijo con la encomienda, salieron a buscarlo.


Cuentan hasta nuestros días que el hallazgo fue macabro, los cerdos que eran pequeños y la cerda enorme parecían tener alguna enfermedad o que estaban endemoniados, era algo sobrenatural pues desde que embistieron a Pedro no dejaron el cuerpo en paz quebrándole el cuello, despedazándole el cráneo y rompiendo sus huesos con cada estocada, desangrando y desquebrajado su cuerpo hasta dejarlo como un trozo de carne con huesos sin sangre… completamente seco en cuestión de horas.


Cuentan los ancianos del pueblo que doña María se desmayó de la impresión y don Tomás no podía creer lo que veía. Había quedado en shock, pues solo repetía que sus cerdos estaban poseídos y endemoniados, ya que estaban bañados con la sangre de su hijo.


La gente de la comunidad acudió ese año a la iglesia y pasaron al frente a doña María y don Tomás. Delante del pueblo, don Tomás confesó lo que pretendía hacer, pues no le parecía justo que todos gozaran de su trabajo, el de su hijo y su esposa, pero esta vez, sinceramente, pidió perdón a todos a quienes en años anteriores les había tocado lo peor de su cosecha.


–Esta es mi ofrenda, señores– gritó soltando un petate viejo con los restos de su único hijo –Vean todos y aprendan de mis errores, pero por favor permitan que se le dé cristiana sepultura y perdonen también sus actos, pues solo seguía mis órdenes– concluyó.


Se dice que la gente del pueblo se compadeció de ellos, enterraron el cuerpo de Pedro y mataron a los cerdos, pero no se los comieron, al contrario, fueron llevados a las afueras del pueblo para enterrarlos y sacar esa maldición de la comunidad.


Todos ese año donaron sus mejores cosechas para los rezos del joven Pedro. Don Tomás aprendió que lo que se obsequia a los demás debe ser de buena voluntad, siempre dando lo mejor que tienes, pues la vida da tantas vueltas que no sabes cuando tu avaricia te pasará la factura por la necedad e hipocresía de tus actos.

Por Julio Montejo


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